Voces humanas de Penelope Fitzgerald. 

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por Vanessa Díez

Con diecisiete años comenzó mi tonteo con la radio. Muchas tardes de viernes me comía un bocadillo en la cantina y me marchaba hacia mi destino. Dos horas de literatura ante las ondas, mi voz y música. Siempre ha sido una unión especial, sin poder comprenderlo me sentía en casa. Se fue convirtiendo en un enamoramiento. Incluso dejé las clases de teatro por la radio. Centré mi atención en las ondas. Mi voz modulada ante posibles oyentes. ¿Cómo saber quién te escucha? ¿Cómo saber si el sonido les llega bien? En un principio es cómo estar hablando contigo misma pero dejas de pensarlo para crear la posibilidad de una contestación de vuelta.

Penelope Fitzgerald en “Voces humanas” nos ofrece un amplio elenco de personajes dentro de la familia de la BBC desde los aprendices hasta los veteranos y bebemos de su diario de guerra. El espectáculo debe continuar aunque hayan bombardeos y el peligro sea inminente. Los problemas de sonido, las emisiones, las parrillas, los contenidos, los programas y ante todo la necesidad de preservar la verdad. ¿Pero qué verdad realmente? Cuando hay varios Ministerios al acecho de los sucesos para edulcorar el impacto sobre los oyentes. No desanimar a la población también es parte de la función que se deriva de ser un medio. La música entretiene a la gente entre el racionamiento de alimentos y las bombas que caen sobre Londres a última hora.

Penelope Fitzgerald nos demuestra que ante la barbarie de la guerra tan sólo nos queda vivir. Llega un momento en que muchos de ellos casi olvidan qué está sucediendo fuera aunque se dediquen a contarlo. Horas y horas dentro de aquel gran edificio les protegen de la realidad y lo prefieren para no volver a casa. Quizá salir sea ver edificios derruidos por una bomba, haber perdido seres queridos o presenciar cuerpos sobre el suelo empedrado. Si no lo vemos quizá no ha sucedido y tan sólo es otra historia de bombardeos que nos contaron ante el café.

Los personajes de Fitzgerald sufren y se aíslan aunque convivan diariamente para sacar adelante la programación en tiempos de guerra. Ninguno sabe qué sucederá mañana. Si serán invadidos por los alemanes o si seguirán vivos. Así que muchos de ellos deciden cambiar el rumbo de sus vidas para que no sea decisión de otros su final.
Penelope Fitzgerald nos regala una novela cargada de dulces momentos. Nos demuestra que aunque la vida nos enfrente a la muerte nos permite reír, llorar y amar a partes iguales. Que no dejaremos de sentir aunque las bombas caigan sobre nuestras cabezas. Podremos vivir con intensidad hasta el último minuto, tan sólo es cosa nuestra querer hacerlo sin miedo. Tempus fuguit.

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