Wild Rose de Tom Harper.

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por Rubén Olivares

Tres notas y la verdad. La leyenda que Rose-Lynn Harlan tiene tatuada en uno de sus antebrazos resume sin rodeos la esencia de la música country: sin florituras, ni adornos, ni excesivos acordes que puedan distraer al oyente; un mensaje directo, claro, que atraviese el corazón por la sinceridad de sus letras, un poema sin artificios que verso a verso nos cuente lo que es, sin importar el cómo. No importa el medio, importa el mensaje. Lo mismo obtenemos en esta película de Tom Harper, una película directa, sin tretas que funciona como un tiro: una feel good movie que sabe cómo mezclar con éxito los momentos dramáticos, la tensión, el humor y la crítica social sin excederse en un relato excesivamente almibarado que pueda empalagar al público, porque las películas con final feliz nos gustan a todos (ya tenemos bastantes dramas en nuestras vidas), pero nadie quiere morir de hiperglucemia.

Esto es lo que nos ofrece Wild Rose, la redención a través de la música, porque para ser cantante de country o de blues, como para ser poeta, se tiene que haber sufrido. En el dolor es donde los mejores versos nacen. Una película que, sin estar a la altura de los análisis de clase social obrera de Ken Loach ni ser el descarnado retrato social de una juventud sin futuro, como el Trainspotting de Danny Boyle, deja entrever un toque de conciencia de clase obrera “british” que lucha por mejorar su suerte. Jessie Buckley (que empezó su carrera participando en el programa de la BBC I’d Do Anything, una especie de ¡Tú sí que vales!, participando como cantante) se carga a las espaldas el peso de la película y logra que esta funcione sin que demos importancia a los altibajos de la obra, repleta de clichés (la mujer rica que da la oportunidad a la chica pobre, el hombre rico que la desprecia o el pulpo perdido en el garaje en busca de su sueño, en este caso Rose-Lynn embarcada en su aventura americana en Nashville). Ella está brillante, atrapa desde las primeras escenas en las que la vemos en pantalla, se muestra enérgica, airada, pero también vulnerable, sensible y herida. Logra que sigamos atentos a la película cuando la narración decae y todo amenaza con derivar en un melodrama (la inevitable rutina, los fracasos en la búsqueda de audiciones cuando va a visitar al Manolo Fernández británico de la versión inglesa de Americana Music, el dilema entre tratar de alcanzar sus sueños o ser madre, el choque de realidad entre el deseo y lo que podemos alcanzar o los reproches de su madre llamándola al orden), sacando su alma vaquera y consiguiendo remontar, dando en el blanco (y logrando que el público más lanzado acabe la película bailando entre las butacas del cine al ritmo que Buckley marca. Doy fe).

Pero Wild Rose esconde algo más. Es un fiel retrato de una sociedad, la británica, en la que desde hace tiempo se ha iniciado una guerra contra la clase social trabajadora que ahonda sus raíces en la contraofensiva neoliberal de Thatcher y que, incomprensiblemente siguió implantando Blair inspirado en el sociólogo Giddens, a través de su tercera vía (porque llamarla quinta columna era demasiado descarado…) y que ahora ha mutado en un nuevo ataque: el desprecio que las clases sociales medias y de trabajadores asalariados acomodados muestran hacia la clase obrera empobrecida, agrupada bajo el epíteto que Owen Jones ha bautizado como chavs (lo que en España llamaríamos chandaleros, chanclis o chonis): jóvenes de clase baja, con un pobre nivel educativo que aspiran a vestir ropa deportiva de marca y pegar el pelotazo acudiendo a algún programa de telebasura, que el resto de la sociedad identifica como desechos, vagos o parásitos sociales. Pobres que, de acuerdo a la ideología neoliberal, lo son porque lo merecen o por que no se han esforzado lo suficiente. Rose-Lynn es un ejemplo de este concepto: joven de “veintipocos”, madre soltera, condenada por tráfico de drogas, que busca refugio bajo el ala de su madre y que se ve obligada a trabajar en casa de una familia acomodada, mientras aparca sus sueños de ser una estrella de country. La urbanización en la que vive es una fotografía de las condiciones en las que malviven los nuevos parias sociales: pequeñas casas de extrarradio, mal comunicadas con el centro de la ciudad, en apretadas comunidades en las que la máxima aspiración de sus vecinos es ir al pub a beber o ponerse morenos mientras toman el sol en el jardín o el parque y sueñan con unas vacaciones que nunca tendrán. Hay un momento en el film que refleja de manera maestra esta idea: el dueño de la casa en la que limpia la lleva a un aparcamiento, retirado de miradas indiscretas y le advierte que conoce que tipo de persona es (expresidiaria y madre soltera) y que debe dejar su trabajo y alejarse de su mujer y sus hijos, sin que haya mediado ningún otro motivo para este rechazo. Rose-Lynn es la voz de una clase obrera que hoy trabaja en call centers, cafés, supermercados o limpiando casas por sueldos de risa y que ha perdido el sentido de clase y el espíritu comunitario de lucha de los abuelos que trabajaban en los puertos, la minería o en las fábricas británicas y se lanzaron a incendiar las calles durante la contraofensiva neoliberal de Thatcher (que en España vivimos con la reconversión industrial de González, ese “socialista” patrio tan peculiar) organizados en torno a cajas de resistencia para exigir mejoras laborales y sociales, una voz que llena su vacío y expresa su ira a través del country. Una película aparentemente, sencilla, divertida, que deja un regusto dulce, pero que esconde un mensaje más trascendental.

 

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