CARALENTEJA.

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por Eduardo Boix

Nos quedamos unidos por los brackets en el verano del 93. Fue nuestro primer intento de beso. Nos conocíamos desde maternales. Siempre habíamos sido compañeros de pupitre.

Se llamaba Susan, aunque la mayor parte del tiempo la llamábamos Caralenteja. Tenía la cara llena de pecas. En verano se multiplicaban esos puntitos marrones. Tenía esas manchas hasta en los párpados. A veces casi le invadían la boca.

Llevaba trenzas y un vestido de flores. Siempre o casi siempre con la misma ropa, como una niña sureña. También llevaba sombrero, una gran pamela de paja, para ocultarse del sol.

Todos alguna vez la llamamos Caralenteja, también niñapuntos. Los niños mayores le tiraban de la trenza y le preguntaban si tomaba el sol con un colador. Ella se defendía. Nunca la vimos llorar.

Sabía pegar Susan. Tenía estilo. Como los boxeadores de la televisión por cable. Mi padre perdía muchas horas de sueño viendo aquellos combates. Caralenteja tenía una zurda prodigiosa. Rompió varias narices.

Para mi ponerme esos hierros en la boca era lo más parecido al infierno. Me llamaban Robocop o bocadehierro. Los brackets de entonces eran aparatosos y enormes, nada que ver con lo que ponen ahora. Parecíamos antenas de la estación espacial.

Caralenteja me empezó a gustar a principios de verano. Me miró en la tienda de ultramarinos mientras nuestras madres hacían la compra de la semana. No pude llamarla Caralenteja, no me salió ningún insulto sólo un “hola Susan”.

Su madre era la belleza del lugar. Había sido Miss Belleza en el certamen local. Susan se parecía a la familia de su padre, pelirrojos y pecosos. Gente ruda del campo. Criadores de ganado, cultivadores de maíz.

En el colegio no podía acercarme a Susan. Caralenteja era un objetivo. No nos caía bien. En verano le lanzábamos globos de agua. Le mojábamos el vestido de flores. Ella nos insultaba, mientras huíamos.

Los domingos, en misa, no nos metíamos con Susan. En la iglesia no era Caralenteja, era Susan o la hija de Miss Belleza. Su madre era espectacularmente guapa. Como aquellas chicas de los calendarios de los mayores. Rubia, alta, con un generoso escote que todos miraban al verla pasar. Las caderas de la madre de Susan basculaban al son de alguna música africana.

El primer beso fue por casualidad. Volvía a casa solo y me crucé con Susan.

¡Adiós Caralenteja! le grité en tono burlón.

No vi el primer puñetazo, ni el segundo que impactó en el centro de mi nariz. Tiré tanta sangre que Susan pensó que me había matado. Llenamos todo de sangre. Mi ropa, su ropa y la bicicleta estaban llenas de gotas rojas. Tuve suerte de que no me la rompió, pero dolía como si el hueso se hubiera quebrado en mil pedazos. Me curó y taponó mi nariz con un trozo de tela de su vestido que arrancó sin pensar. Llevaba un tapón estampado.

Aquel trozo de tela olía a Susan. Una colonia fresca con aroma a cítricos jugaba con mi pituitaria. Descubrí mi primera erección. Mi pulso se aceleró. Mi corazón bombeaba sangre a la parte de abajo a la velocidad de la luz. Me sentía como un volcán a punto de estallar.

Nos miramos a los ojos y nos dimos un corto beso, un pico, como hacen los gorriones. Mi intención habría sido limpiarme la boca con las mangas de la camisa, pero algo ajeno a mí había cobrado vida ahí abajo. En el segundo beso nos quedamos enganchados. Intentamos un beso francés, como en las películas. Lengua arriba, lengua abajo, luego en círculos, como una turbina. Nuestros brackets quedaron enganchados. El dentista tardó tres horas en desengancharnos, creí que tendrían que llamar a los bomberos. Fuimos el motivo de burla de todo el colegio durante un largo tiempo. Caralenteja y Robocop se aman, por ahí van los siameses, podrían ser las cosas más amables que nos dijeron.

Cuando nos quitaron los brackets empezamos una relación. El primer beso sin sabor a hierro, fue en agosto del año siguiente, mientras observábamos la lluvia de estrellas. Ese día fui el hombre más feliz de la tierra y Susan era la más bella, empezaba a parecerse a su madre.

Pide un deseo, esa es tu estrella fugaz. Me decía Susan mientras apoyaba mi cabeza en su incipiente pecho.

Cuando la dejé en su casa vi una luz cegadora que caía del cielo. Eso no era una estrella fugaz. Siempre me giraba para despedirme por segunda vez de Susan. Aquella luz cayó en la finca de Caralenteja.

Corrí con todas mis fuerzas. A Susan se le había partido la cabeza en dos, como una sandía, como al malo de Terminator II cuando le disparan. Una tuerca del tamaño de un puño permanecía humeante en el suelo junto a Susan. Un trozo de basura espacial de algún satélite. La abracé.

Pide un deseo Caralenteja, esta es tu estrella fugaz.

Julia Soler ilustración 1

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