EL GORDO YOU

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por Eduardo Boix

Le llamábamos el Gordo You. Se pronuncia You pero se escribe Joe, eso lo supimos después. A veces le llamábamos You o simplemente el Gordo. Gordo, sin diminutivos, ni Gordi, ni Gordito, ni bola de sebo.     G O R D O.

Corría detrás de nosotros tirándonos piedras con la mano, como si lanzara en el río. Nunca nos alcanzó. Nos perseguía porque robábamos los cogollos de lechuga del huerto de su padrastro. Vivía en las afueras, en una cabaña, como las de las películas de granjeros del oeste. Por eso le llamábamos el Gordo You, como el de Bonanza. El Gordo se parecía a Michael Landon con papada. Pedaleábamos muy fuerte para que no nos alcanzaran sus piedras. Lanzaba con fuerza el Gordo You.

El Gordo You siempre iba de punta en blanco. No le conocimos una mancha. Su madre le peinaba con la raya al lado, a la derecha. Tenía pelusilla en el bigote y cuatro pelos que le salían de la barbilla. Supongo que era más mayor que nosotros, nunca lo supimos.

El Gordo You vestía con pantalón corto y camisa blanca todo el año. Llevaba tirantes marrones, calcetines blancos de deportes y unos zapatos ortopédicos de Frankenstein. Nunca le llamamos monstruo.

Nunca llamamos retrasado al Gordo You. Eso se lo gritaban los mayores, los de segundo de ESO. ¡Retrasado! ¡Subnormal! El Gordo les lanzaba piedras. A uno de ellos si que le alcanzó una. Entre las dos cejas, como el disparo de un duelo. Le tuvieron que dar puntos en la frente.

El Gordo You no fue nunca al colegio. Le tenían como mascota en la granja. Se pasaba el día buscando nidos de pájaros y jugando con un perro viejo que había crecido con él.

El Gordo You llevaba siempre unos auriculares conectados a la nada. No escuchaba música, pero tarareaba las canciones de la radio que tenía su padrastro en el granero. Viejas canciones que el locutor de la emisora local ponía todos los días a las cuatro de la tarde.

Un día el Gordo You casi mata a un hombre. Dicen que le cogió del cuello. Apretó tanto que se volvió azul. Le había dado una patada a su perro, porque le había meado el camal del pantalón. Tuvieron que pegarle en la espalda los trabajadores de su padrastro para que parase.

El día que murió Toby, el Gordo You le enterró con sus propias manos junto al depósito de agua. Cuentan que lloró como un recién nacido. Estuvo días sin salir. Le dieron igual las lechugas esos días.

El Gordo hablaba poco. Balbuceaba palabras como amigo, chocolate o agua. Cuando corría tras nosotros gritaba como si de un animal se tratase. Nos encantaba ir a la granja a la salida del colegio con nuestras bicicletas. Nos agazapábamos entre las lechugas y nos comíamos los cogollos. Al vernos el Gordo You nos gritaba. Cogíamos las bicicletas y cruzábamos entre granjas para que no nos alcanzaran las piedras.

Un día de pesca me caí al río. Perdí el equilibrio entre las rocas, me resbalé y acabé de bruces en el agua. El río estaba cerca de la Granja del Gordo. Noté como me cogía una mano gigante del cuello de la camisa. Creí que era la fuerza salvadora de Dios. El Gordo You me sacaba del agua gritando: ¡AMIGO!

No volvimos a robar los cogollos de las lechugas del padrastro del Gordo You. Fue nuestro amigo. A la salida del colegio íbamos a verle. Le gritábamos Gordo You, nos perseguía sin piedras. Reía a la carrera, ahogándose.

Un día de verano murió el Gordo You. Cuando quiso llegar el médico a la Granja ya no respiraba. Un choque anafiláctico por ingesta de tomate. Se le puso la lengua negra y gorda. No le cabía en la boca. Cuentan que fueron horribles sus balbuceos. Como el lamento de un oso herido.

El Gordo You fue enterrado con Toby, junto al depósito del agua. No volvió a ser lo mismo sin los gritos del Gordo You. A veces, cuando vuelvo al pueblo para ver a mis padres, desempolvo la vieja bicicleta, me acerco a la Granja y grito: ¡Gordo You! Regreso pedaleando deprisa como si me persiguiera.

Julia Soler ilustración 2

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