Todo lo que no puedo decir de Emilie Pine.

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por Vanessa Díez Tarí

Siempre se han guardado las formas. Además antes cuando no se podía hablar abiertamente se decía “hay ropa tendida” y se procuraba “lavar los trapos sucios” en casa. Los cuatro muros eran el sitio seguro dónde ocultarse del qué dirán. Era el lugar de dominio femenino. Reducir a una mujer era fácil pues con una palabra se atacaba: “cochina”. Así se llegaba a aquella que no guardase la casa, teniéndola limpia y cuidando de marido e hijos como era debido, pero también se alcanzaba a la que procurase ser algo más libre de lo que el tiempo lo considerase, ni libertad ni libertinaje eran vistos con buenos ojos, ni por supuesto llegar a la altura de un hombre ni hablar de cosas femeninas, ya fuera menstruar o el parto, asuntos que una mujer conocía en el momento traumático de vivirlo en carne propia, y el sexo ni mentarlo. El placer femenino nunca ha sido. Las más estrictas a este respecto eran las mujeres de la misma familia pues una descarriada podía provocar que todas fueran señaladas y dejar de ser decente era algo que una mujer no se podía permitir. De aquellos lodos de antaño nos quedan estos restos que todavía se arrastran.

“Cochina” le dijo mi abuela materna a mi madre. Tan sólo se estaba cambiando una compresa en el baño delante de mi. Tendría unos diez años. Era 1992. Mi madre tranquilamente le explicó a su madre que era chica y dentro de poco me hablaría de aquello. Tenía razón, me llegó con once años. Prefería que lo viviese como algo natural y no como ella. Para mi madre la llegada de la menstruación fue un shock, desconocía que en algún momento llegaría y que era algo natural en una mujer. Al verse manchada se asustó, se escondió y estuvo llorando. Un vecino la encontró y la calmó. “¿No te hablaron de esto en tu casa? Esto es algo de todas las mujeres”. Mi abuela nunca entró en detalles sobre estos asuntos, había procurado esconder los trapos de aquellos días de los ojos infantiles sin distinción de sexo. Mi madre sólo había llegado a escuchar expresiones como “ten cuidado que los hombres no te hagan sangre” y al verse llena de sangre se asustó y lloró desconsoladamente. Años después grabé un vídeo “Dones” donde las mujeres de mi familia hablaban de estos silencios menstruales, tan sólo la bisabuela paterna había sido práctica y lo había reducido a “no hay que tener miedo y hay que ser limpias” al ser preguntada por sus nietas. El silencio llega al resto de rincones femeninos y el placer es el mayor de todos. La mujer no se puede permitir abandonar su personaje.

Emilie Pine en “Todo lo que no puedo decir” abre la puerta a esos secretos femeninos. Comienza con la relación que tuvo con su padre alcohólico de pequeña y en cómo afectó el divorcio de sus padres a su infancia y adolescencia. Después saltamos a su infertilidad y todos los problemas para concebir, los abortos familiares, los secretos guardados al respecto. Y lo va relacionado con su cuerpo para llegar a la sangre. Siempre se ha dicho que un escritor debe crear desde la entraña, desde dentro, volcar la sangre en la página y abrirse en canal. Para ella la sangre en su caso, escritora y mujer, parte del útero, siendo necesario volcar la sangre menstrual y la de las pérdidas. Ser capaz de hablar de uno de los mayores dolores para una mujer como es el aborto, junto con la pérdida de un hijo nacido, liberando así la carga y los fantasmas. Toda sangre vieja, oscura, traumática. Para vaciarse entera. Así nos habla de ella, de su necesidad de cariño, de su padre ausente, de la lucha contra su madre, de su adolescencia alocada, de las drogas, de las experiencias sexuales a trompicones, de violencia, de violación, de la menstruación, de la incompatibilidad laboral, de su aborto y finalmente de sus problemas para ser madre. Aún hoy se culpa a la mujer si decide retrasar la maternidad y después tiene problemas para concebir pues “no tenías que haber esperado tanto”.

Un relato sincero donde vernos reflejadas. Hay que dejar de callar sobre el mundo femenino. Si no las mujeres seguirán siendo las mayores censoras. El cambio lo producen aquellas locas descarriadas que como Emilie Pine abren la boca y dejan salir el dolor, la vergüenza y la oscuridad para que podamos darnos cuenta de que en cada casa existen silencios. Siglos atrás hubieran sido encerradas en un manicomio y ahora nos muestran lo que no fue dicho. Dejad de guardar la casa. Dejad de callar. 

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