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Una mujer de Sibilla Aleramo. 

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por Vanessa Díez Tarí

Aún recuerdo cuando subía a caballito sobre la pierna de papá. En esos minutos era feliz. Perdonaba la ira ante mamá y sus lágrimas. Aquellos instantes sobre su regazo eran mi cobijo. No importaba que papá y mamá se gritasen. Ni que él llegara a veces con aliento a alcohol y con mente turbia. También lloré ante una noche en que se enfrentaron y ella salió perdiendo. Ella durante los primeros años luchaba como un fiero animal, después se convirtió en una sombra. En mi primer año de vida todo había sido caótico y ella quiso abandonarle, pero la abuela no la ayudó. En mi tercer año lloré una noche sobre mamá tirada en el pasillo, después sería un sueño que daba vueltas en mi adolescencia. Pero en aquellos momentos en que lo tenía sólo para mí nada importaba. Después todo cambió. Él se alejó, le odié por ello.

Nuestra protagonista en “Una mujer” primero adoró a su padre. Fue su primer amor. Añoraba aquellos años de adolescencia libre en la que él había guiado sus pasos en sus lecturas y en el trabajo como secretaria que desempeñó en la fábrica. Su utilidad como mente brillante junto a su padre la hacía sentir superior. Veía parte del sufrimiento materno pero llegaba a justificarlo,
pues ella no era el objetivo del padre, de momento tan sólo era su trofeo. Él la miraba. Criticaba a su madre y cerraba los ojos ante el frío desdén del padre ante la madre. Algo que provocaría que su madre se apagara ante la indiferencia del hombre al que amó. Él seguiría egoístamente con su trabajo y su lugar en la casa familiar. Llegado el momento reemplazaría a la esposa por una amante, los sentimientos de ella nunca fueron considerados.

Todo cambió para la virgen hija al acercarse a ella otro hombre y obligarla a tener relaciones. Como niña inexperta llegará a confundir aquello con amor, alejándose de la predilección paterna, obcecándose en un matrimonio abocado al fracaso. Llegará a escribir “aceptando la unión con un ser que me había oprimido y humillado, pequeña e indefensa, había creído obedecer a la naturaleza, a mi destino de mujer que me imponía reconocer mi impotencia para
caminar sola”. Tras la primera violación, porque la fuerza en la oficina aunque ella se sienta culpable y confunda amor con aquello, todo se precipita. Aquel hombre del pueblo era rudo, celoso y con la formación básica. Entonces ella al sacrificar su intelecto por llenar el vacío emocional con pasión carnal cede, después se da cuenta que su alma se muere con semejante orangután y si no llega a ser madre la imagino cortándose las venas. Las relaciones entre la pareja serán cuando él quiera, violándola una y otra vez. La mujer debía ser sumisa.

Soportará los años de matrimonio gracias a su hijo y a las lecturas aunque se sienta oprimida y sea encerrada a la fuerza. Y llegará a afirmar “¿Por qué en la maternidad adoramos el sacrificio? ¿De dónde proviene esta inhumana idea de inmolación materna? De madre a hija, desde hace siglos, se transmite la servidumbre. Es una cadena monstruosa”. Lo cruel es que antes si una mujer quería ser libre le tocaba dejar a los hijos con el marido. Algo que la
atormenta. Eso también le pasó aquí a María Teresa León cuando lo abandonó todo por ser artista y por Alberti y ya eran tiempos de la II República antes de entrar en la guerra.

No lo considero un libro feminista respecto a la lucha en la que después fue muy activa. No nos habla de la lucha por el voto de la mujer, si no que cuenta su experiencia. Que una mujer se narre en 1906 es un acto valiente. Además de aparecer la palabra feminismo y las ideas de las feministas nórdicas. Pero al ser la primera autora que habla abiertamente de su traumático matrimonio se considera feminista. En 1900 estar a ese nivel intelectual siendo mujer nos demuestra que debió de ser una burguesa privilegiada. Si Sibilla Aleramo tenía acceso a las lecturas de las que nos habla en la novela nos plantea que fue formada gracias a un padre librepensador. Las mujeres de épocas anteriores si se han desarrollado intelectualmente y artísticamente fue por
un padre o un marido preocupados en la formación de sus hijas o mujeres. En Italia existió un caldo de cultivo de la lucha de la mujer en el siglo XIX que hasta 1945 no fructificó.

Esta novela se me ha hecho dura, pues transmite su angustia y va rozando la locura. Se pierde entre el dolor y los anhelos. Casi termina como la madre a la que tanto juzga al principio, fruto de la ignorancia, después se verá perdida como ella, aunque tomará otro camino. Más de una mujer terminará en el manicomio por ser libre o porque el marido la maltrató. La autora se plantea interrogantes hace cien años que la mujer actual no ha podido resolver.

Una mujer de Sibilla Aleramo

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