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Enseñar a transgredir: una pedagogía comprometida de Bell Hooks.

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por Gemma Juan Giner

Debo reconocer que cuando vi el título de este ensayo me llamó muchísimo la atención. Pensé que el libro trataría, en mayor medida, en cómo se educa en las aulas. No ha sido del todo así, ya que el libro se centra, sobre todo, en el racismo y el sexismo.

Pero cierto es que es un libro de pedagogía, concretamente, una oda a la pedagogía como práctica de libertad. Bell Hooks, autora de Enseñar a Transgredir, aclara que los estudiantes no necesitan que les digan qué pensar; la gente común no necesita que le digan qué pensar. Lo que unos y otros necesitan, lo que todos necesitamos, son espacios compartidos que activen, acompañen y sostengan la lectura, la escritura, el debate, la reflexión y la investigación.

Cuando se aprende en el aula es cuando se piensa en voz alta, cuando escuchamos a los demás. Si los estudiantes piensan, si piensa el profesor, todos aprendemos. ¿Qué papel juegan las emociones en las aulas? Entrar en el aula en escuelas superiores y universidades con la determinación de compartir el deseo de incentivar la emoción “es transgredir”. Pero no parece haber ningún interés, ni entre los docentes tradicionales ni entre los radicales por debatir el papel de la emoción en la educación superior.

A lo largo de todo el libro, la autora habla de la experiencia en el aula. Ella se define como una profesora que se esfuerza por crear una experiencia de aprendizaje dinámica para todos los alumnos. Pero afirma que la enseñanza está considerada como el aspecto más aburrido y menos valioso de la profesión académica.

Por lo tanto, hay que trabajar para devolver a la educación y al aula la emoción de las ideas y el deseo de aprender. Es evidente que hay una grave crisis en la educación. Es frecuente que los estudiantes no quieren aprender y los profesores no quieren enseñar. Por lo tanto, hay que crear estrategias diferentes para compartir el conocimiento. Y en este sentido, Bell Hooks, hace un llamamiento colectivo para renovar y rejuvenecer las prácticas docentes.

Educar como práctica de libertad es una manera de educar que cualquiera puede aprender. Enseñar de una manera que respete y cuide las almas de los alumnos es esencial si queremos crear las condiciones necesarias para que el aprendizaje pueda ponerse en marcha en sus dimensiones más íntimas.

A mis 33 años, todavía no he dejado de estudiar. Mi gran apuesta por la formación continua hace que cada año estudie algo, un posgrado, una especialización, un curso… y si pienso en todos los docentes que he tenido a lo largo de mi vida académica, siempre acabo recordando a los que han vivido intensamente las clases, los que no se han ceñido a leer el libro o el powerpoint, aquellos que han creado debate en clase, que nos han hecho reflexionar y, por tanto, aprender. Esos son los buenos profesores.

Y con esto quiero decir que estoy completamente de acuerdo con la autora. Debemos desafiar el sistema bancario de la educación, ese planteamiento de la enseñanza enraizado en la idea de que lo único que tienen que hacer los alumnos es consumir información suministrada por un profesor y ser capaces de memorizarla y almacenarla. Los alumnos deben ser participantes activos y no consumidores pasivos. Y los docentes deben ser conscientes de que realmente tienen el poder de cambiar el rumbo de las vidas de los estudiantes.

En definitiva, la autora habla de una pedagogía comprometida hecha por y para la emoción, e invita a los lectores a sumarse a esta concepción de la educación, sobre todo en tiempos como el actual, en que la masificación abarrota las aulas y la educación virtual, impuesta por la pandemia, deja fuera del sistema a numerosos colectivos. Y recuerda que el aula, con todas sus limitaciones, sigue siendo un escenario de posibilidades para trabajar a favor de la libertad.

Enseñar a Transgredir: Una pedagogía comprometida

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