Jill de Philip Larkin. 

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por José L. Romero González

De cómo viven los que estudian y de cómo crear lo soñado. 

Durante más de cuarenta años fui maestro en seis colegios públicos pero nunca cursé estudios universitarios. Reconozco mi falta de titulación. Con anterioridad a la década de los sesenta – cuando fui alumno – las llamadas “Escuelas Normales de Magisterio” (a igual que las “Escuelas de Peritos”) proporcionaban titulación de Grado Medio. Lo cuento por dos motivos: por la tendencia a mi edad de narrar batallitas y por mi confesión de desconocer el ambiente de estudios superiores. Es decir, me pierdo en él. “Los crímenes de Oxford” de Guillermo Martínez me acercó al mundo de los colegios universitarios con sus investigaciones criminales.

De Philip Larkin ignoraba todo. No había leído ni “Jill” (Impedimenta, 2021) ni “Una chica de invierno” (publicada en 1947 y por Impedimenta en 2015). En la revisión de 1963 de la primera (escrita con veintiuno años y publicada, al año siguiente, en 1946), el autor pide sinceramente “la indulgencia que tradicionalmente se le concede a las obras juveniles”.

Al carecer de capítulos, sus pausas transmiten la sensación de una extensa narración que se desarrollada en plena II Guerra Mundial en Oxford (universidad y ciudad), en un ambiente donde los bombardeos alemanes se reduce a noticias llegadas por la prensa. Sus daños materiales y personales, salvo cuando se produce en la ciudad de origen de alguno de los protagonistas (“tan familiar y tan íntimamente unida a su infancia” es decir, tan lejanas), preocupan menos que la posibilidad de ser alistados al ejército.

La condición de becario del protagonista – John Kemp- de 18 años me identificó con el mismo. Estudioso, con buen expediente, de clase baja (en mi caso, obrera), hijo de policía (mi progenitor era ferroviario) y tímido. Su relato me recordaba mis sensaciones en el extenso bachillerato y curso preuniversitario. No encajábamos en el ambiente elitista de los centros pero nuestros mimetismos resultaron perfectos (a los cincuenta años de abandonar el colegio me enteré de que mi “espada de Damocles” era desconocida por mis compañeros).

La ayuda del profesor señor Crouch (“Sus clases eran poco corrientes porque decía frases completas y más bien formales con voz mesurada”) al joven J. K. en el instituto de Huddlesford, su ciudad natal, para que continuara sus estudios la identifiqué con la recibida de varios religiosos regentes de mi colegio en la década que estuve bajo su labor educativa y tutorial.

Jhon Kemp recurre para sobrevivir en su ambiente – donde parece no existir mucho tiempo tiempo para la vida académica y los estudios- a la recreación de una chica anónima a la que pone el nombre de Jill (¿juventud?). Y toda la novela se hace más poética y, en mi opinión, más interesante que al relatarnos sus problemas con el arrogante, irresponsable y fiestero compañero de habitación de una clase superior y líder de vagos y pendencieros. Lo que contribuyen a un visión frívola, desoladora y pesimista de una generación de jóvenes agobiada por la incertidumbre de la guerra pero sabiéndose respaldados por sus acaudalados progenitores .

Jill es creada – se puede decir- de la costilla falsa de la hermana real de Jhon y salva al protagonista al despertar el interés de su compañero Christopher Warner y de su manada por J. K. y por su amada. Pero la femenina creación fantástica se hace carne, habita entre ellos y es joven. Muy joven. La imaginativa creación y la real aparición de Jill da paso a un relato poético como corresponde a uno de los maestros de la literatura inglesa de los años cincuenta. Convirtiendo esta novela de campus -de nuevo, algo desconocido para mí- en una narración de la principal de nuestras búsquedas: la del conocimiento de uno mismo.

Estoy seguro que mis padres nunca visitaron mi lugar de estudios. Y por ello no pudieron leer el lema de la misma, como lo hacen los padres de Jhon al final del relato: “Domimina nustio illumea”. Mis progenitores no la hubieran entendido. Los de este aprendiz del amor y de su perdida, no lo sé. ¿Y los de Philip Larkin cuando estuvo en dicha universidad?

 

Jill de Philip Larkin

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