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La estirpe de Eduardo Boix. 

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por José Luis Romero González

“Un olvidado monstruo/ que regresa, que regresa/…” (Carlos Javier Cebrián)

Estamos ante Emmanuel Carrère español. Levantino. Claro que es mi opinión. No de un profesional, de un mero lector. Eso sí, bastante veterano.

“Mi monstruo soy yo”. Es la última frase del libro de Eduardo Boix, publicado por Ediciones del viento. Y completa el subtítulo “Autobiografía del monstruo” del interesante estudio de este escritor ilicitano, crítico literario y gestor cultural. Subdirector y fundador de la revista Letras en vena. Reconozco que el libro me ha gustado y sorprendido. Gustado por su contenido y sorprendido por su desarrollo. Creo que ahora se dice, enganchado (léxico ferroviario, “enganchar la máquina a los vagones” diría mi padre trabajador como Montador de Locomotoras de Tracción y Vapor).

Sus acertadas reflexiones sobre Jean-Claude Romand (protagonista de El adversario), las niñas de Alcàsser y Anglés y Ricart, del cordobés José Bretón, el odontólogo Ricardo Barrera, los Cabanillas e Izquierdo de Puerto Hurraco… y de bribones, como Paco Sanz nos introduce en el vagón de los horrores del tren de la vida.

No es un mero repaso de monstruos y de sus asesinatos. Es mostrar también su relación con el país, región, ciudad y familia. Porque ésta, la del monstruo, es la que padece sus horrendas obras. Más la madre que lo ha parido que tiene que reconocer su maldad. Enterrada en vida, muerta de vergüenza… son frases dichas a su paso que hemos podido escuchar nuestra familia, la de cada uno, con su urdimbre afectiva e historias. En esta parte cercana, el autor se nos muestra próximo, haciéndonos recordar nuestro propio devenir. Esos hechos próximos que se comentan y ocultan. Que nos gratifican y nos hunden. Dan vida y nos acarrean la muerte. No sólo de héroes como contó Jaime Cercas en El monarca de las sombras, también de quienes nos rodearon físicamente o sólo sus recuerdos, escuchados una y otra vez. Hasta de fotografías que no cambian nunca y que perduran, aunque se hayan extraviado, en nuestra existencia (Mi madre guardaba la foto de una amiga que se suicidó a lo bonzo tras su luna, supongo, de hiel. Ese retrato coloreado lo tengo fijo en mi mente desde la infancia por haber escuchado restos del suceso. Luisa, la muerta quemada, aún me mira en sueños desde su foto. Ya no visito su tumba en un apartado del cementerio donde están reunidos las suicidados con los evangelistas y no lo hago desde que dichas amigas se hayan reunidas).

Paul Joseph Goebbels afirmaba, nos recuerda, que “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad” . Sabemos que toda mentira se construye bajo una gran realidad. Con ambas, mentiras y realidades, se desenvuelven los narradores, cuentistas, como narra – de nuevo- Javier Cercas en El impostor. Tantas identidades falsas para ocultar una única verdadera…

Narra el autor que cada septiembre, al comenzar el curso, todos sus compañeros hablaban del pueblo donde habían pasado el verano. Del lugar donde procedía paerte de su familia. En mi caso , escuché las playas de la Carihuela, Boliches, Cala… Pude mencionar que la mía había sido la del Guadalquivir, entre adelfas y borricos atados en filas que transportaban arena para las construcciones. Nadie procedía de las afueras y algunos vivíamos en ellas. En la periferia. Aunque los estudiosos llamaban apropiadamente la Ajerquía. Pasados los años, al aumentar los detalles del veraneo tuve que inventar mi Macondo, a menos de treinta kilómetros de mi ciudad, en plena campiña cordobesa.
Nuestros orígenes, tierra, querencia al lugar de nacimiento… nuestra estirpe. La nuestra.

 

La estirpe de Eduardo Boix

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