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La niña de la banquisa de Adélaide Bon. 

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por J.L Romero González

” ¿Ha ocurrido algo? “

Hace falta valentía para escribir una autobiografía. Más aún cuando la centras en un abuso sexual sufrido en tu infancia y cuyas secuelas vas arrastrando más de dos décadas. Por vida, porque la narradora es joven; aunque extensa su tarea intentando ocultar lo tristemente sucedido.

No estudié derecho por lo que no entiendo las diferencias entre miles de vocablos del Código Civil, Penal, Mercantil … Aunque tuve varios cursos asistiendo a juicios en la Audiencia de Córdoba, por entonces radicada en el céntrico Paseo del Gran Capitán a poca distancia de la Escuela Normal de Magisterio de la Plaza de San Felipe Neri. Las ausencias del profesorado – no debo de generalizar- nos proporcionaba un tiempo discontinuo para escuchar a abogados de la defensa, fiscales, jueces,… Todo estaba desastrosamente organizado en aquella época y estudios. Los conocimientos pedagógicos que perdías los recibía convertidos en judiciales por si alguna vez los necesitabas. (No me fueron necesarios en mis más de cuarenta años de docencia).

Lo “de la banquisa” me despistaba por haber nacido y vivido en una ciudad que alcanza los 46° a la sombra en verano. Me sonaba fonéticamente al “banquillo” corrido de los juicios en los que empleé las ausencias de mis docentes. Hasta que leí cómo eran “las medusas” que paralizaban a la protagonista/ autora, cómo se sentía contra lo que ” nadie la previene, nadie se lo explica, el mundo ha enmudecido”, su sensación de ser y estar “pequeña y perdida y helada, de pie, en un inmenso desierto blanco, a la espera”…

Me han conmovido su combate contra las trabas burocráticas, su lucha – siendo víctima- con la justicia, las galimatías y controversias para diferenciar entre tocamientos sexuales y violación … Me estremeció con lo que recordó al enfrentarse con el individuo que le destrozó la vida y calló o tuvo que silenciar para continuar dentro de los cauces judiciales.

“Qué fea es la ignorancia disimulada bajo aires doctos”, dice la víctima ante la tendencia de la sociedad de minimizar lo que no entiende y molesta y ante la frialdad de la justicia. Mejor, lo afirman las víctimas: Marguerite, Philippine, Mathilda, Juliette, Julia (¡cuyo caso había prescrito!) … Las 62 niñas que recibieron abusos y violaciones del mismo hombre, “del Electricista”.

Me gusta relacionar obras. Enlazarlas. Mi último comentario para letras en vena fue del estudio “Amar a Lawrence” de Catherine Millet. A su comienzo reproduje una referencia de Anaïs Nin al mencionado escritor inglés: “ Escribo mi libro con el cuerpo como habría hecho Lawrence”. A esta autora y a su obra “La casa del incesto” recurre Adélaïde para buscar ayuda “en la misteriosa sororidad que de repente se tejió entre sus palabras y las mías”.

Relato perturbador, narración palpitante, libro demoledor, lectura estremecedora, novela desgarradora,… han afirmado voces más autorizadas que la mía. Pero de todas entresaco que estamos ante la historia de una recuperación.

La niña de la banquisa

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