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Leche materna de Nora Ikstena. 

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por Vanessa Díez Tarí

Mi madre vivió un mal embarazo cuando estuve en su vientre, no fue querida en casa extraña. Aún teniendo albúmina le cerraron el pan bajo llave para obligarla a comer el arroz que todos habían comido, como se hacía antes. Ese día abandonaron la casa. Quise salir deprisa para enfrentarme al mundo, para defenderla de los dragones. Sus lágrimas habían alimentado mis meses dentro de ella. Me dio su leche. Néctar de tristeza y amargura. Fui la única de las tres que tuvo su leche, pues después se secaría. Mi madre se derrumbaba tras cada embarazo, la abrumaba la oscuridad de un callejón sin salida e iba tras los pasos de la depresión. Ahora se llama depresión postparto, pero en aquellos años había que callar aquella tristeza. La maternidad era sagrada, no se podía cuestionar, ni decir que se sufría. Había que callar y tragar. Apretar los dientes hasta sangrar. Negar que una mujer fuese arrollada por la locura por el alumbramiento de un hijo. Mujeres a la deriva, solas con su padecer y su angustia. Cuida de tu madre. Crecer sin apenas darte cuenta, cuidar de ella y de los demás. El mandato impuesto de la mujer por sus predecesoras.

Nora Ikstena en “Leche materna” nos muestra que el cordón umbilical une a madre e hija, pero esa unión que perdura en el tiempo va más allá de la gestación y el parto. La niña aprende a vivir a través de ella. Se nutre de su forma de enfrentar la vida, pues no quiso darle su leche. Al reconocer la amargura en sí misma no quiere darle su leche a su niña para que no sufra. Pero respira sus emociones y conformará su psique a través de ellas. La madre se enfrenta a una realidad que pretende cambiar y es castigada por ello. Sin saberlo sacrifica por otra mujer su futuro, es aislada en un pueblo, donde se irá consumiendo ante los ojos de su hija. Y su hija tardará en comprender la lucha materna.

Nora Ikstena en “Leche materna” nos deja escuchar dos voces que se superponen. Al principio no sabemos bien quién es la madre o la hija, pues ambas nos hablan de su nacimiento y de la presencia o ausencia de leche. La figura materna tradicional la encarna la abuela que no es capaz de arropar y comprender a su propia hija pero si cuida de la nieta y la saca adelante. La supervivencia se impone ante los sentimientos, es la generación que se rehízo tras vivir una guerra. La hija cuando se convierte en madre se ve superada por el proceso, huye como un animal asustado y deja que se seque su leche. No le da de mamar a su hija y prefiere trabajar a cuidarla. No la rechaza pero está ausente en su crianza y la va descubriendo tras los años. Es la abuela la que cuida a la nieta y después es la hija la que cuida de su madre cuando se marchan. La hija ha nacido con la carga de cuidar de su madre, mantenerla a salvo de los peligros. La madre se aísla en su propio mundo y es la hija quien cocina y dispone la casa para que ambas estén sanas y salvas. Sin hija la madre se pierde, su trabajo deja de ser su lugar en el mundo.

En “Leche materna” la historia principal son las tres mujeres de una familia, tres generaciones. Los cuidados se dan y se imponen. Cuida de tu madre. La carga de la hija con su madre a cuestas desde la infancia. Una historia que se repite una y otra vez. De fondo la situación histórica que tuvieron durante los años comunistas, los totalitarismos sólo reconocen una forma de ver el mundo y eliminan y retuercen todo aquello que se salga de las consignas establecidas. Nuestra madre protagonista en un país occidental quizá hubiera tenido la oportunidad de investigar un campo tan desconocido en aquella época como la infertilidad, pero enfrentarse a un héroe por muy cuestionable que fuese su vida era imperdonable, además siendo mujer nunca ha sido bien mirado que se cuestionase nada. Ella no puede enfrentar que hayan cortado su forma de vida, la locura la arrastra y tras ella los demás.

Leche materna de Nora Ikstena

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