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El mundo inconmensurable de William Atkins. 

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por Rubén Olivares

Vivimos en un planeta abarrotado. Los rincones más recónditos han sido cartografiados y medidos. Hoy en día viajar es volver sobre los pasos de otros que ya viajaron donde lo hacemos nosotros, ver lo que otros ya vieron. Lejanos quedan los tiempos de los intrépidos aventureros y exploradores, a caballo entre el heroico cartógrafo y el demente. Para algunos esto es una bendición. Contamos con sofisticadas herramientas capaces de situarnos en cualquier punto de nuestro planeta, por remoto que sea, con una desviación de metros. Hemos dejados de sentirnos perdidos gracias a nuestros smartphones y sus sistemas de geolocalización. Deslizamos el dedo sobre una pantalla y al segundo sabemos dónde estamos y cómo podemos ir a donde queremos. Pero para lo que unos es una bendición, para otros se ha convertido en una maldición: los viajeros más atrevidos, ávidos de nuevas sensaciones se preguntan ahora, ¿Dónde puedo ir?

En esta refrescante y novedosa novela de relatos de viaje y aventura, que aúna a un tiempo el ensayo histórico con las pinceladas satíricas y llenas de un peculiar humor del diario personal, Williams Atkins nos deja su particular respuesta: el desierto. Una idea que inicialmente puede parecer genial -¿cuánta gente querría ir al desierto de forma voluntaria?-. Al fin y al cabo aunque los desiertos representan alrededor de un tercio de la masa terrestre muchos de nosotros, especialmente en Europa, apenas conocemos nada sobre su realidad. Pero, ¿realmente hay algo que merezca la pena ir a ver en esas franjas de arena y aparente vacío? La vida, realmente, se reduce a su mínima expresión en estos lugares, pero está presente. Pequeños islotes de plantas aisladas, alguna charca en la que sus habitantes sacian su sed y molestos insectos. No es de extrañar que nadie quiera quedarse más allá de lo necesario.

Atkins nos demuestra a través de las 400 páginas que componen su libro, no sólo su habilidad como escritor y narrador de historias (inquisitivo, empático y divulgativo) sino la cantidad de historias e información que nos aguardan en unos parajes que consideramos tierras yermas y carentes de interés. El desierto no es un museo ni un templo, pero si un complejo ecosistema por el que han transitado grandes civilizaciones y que atesora el paso de ingentes pueblos. Sorprende descubrir que el desierto, contrariamente a lo que podamos imaginar, nunca está quieto ni mucho menos en silencio, mecido constantemente por el viento que modela su paisaje. En Arabia Saudí saben, desde hace siglos, que el desierto tiene su propia canción que revela a aquellos que se aventuran en sus dominios.

El mundo inconmensurable se abre a múltiples lecturas. El lector que ansíe aprender sobre las aventuras que le aguardan en el desierto y descubrir su naturaleza quedará prendado de las descripciones minuciosas, rayando en la sinestesia, que realiza Atkins de las arenas de los desiertos por los que ha transitado. La poesía abunda en sus descripciones de un entorno árido, pero no por ello carente de una belleza en la que Atkins nos sumerge. Si estamos interesados en el ensayo político, religioso o histórico, este libro también nos atrapará, pues junto a la descripción de los parajes desérticos y el complejo ecosistema que en ellos se desarrolla, Atkins intercala reflexiones sobre el devenir de las diferentes civilizaciones y gobiernos que han dominado los desiertos, así como de las religiones y líderes religiosos que han encontrado en estos lugares su inspiración y vía de comunicación con su dios. También hay un hueco para las reflexiones personales de Atkins y sus propias experiencias y vivencias en un entorno tan inhóspito, habitado sin embargo por hospitalarios pueblos que acogen sin excesivas preguntas al extranjero, momentos de reflexión en los que podemos disfrutar del particular sentido del humor de Atkins que nos arrancará más de una sonrisa y alguna que otra carcajada. Finalmente, El mundo inconmensurable es, sobre todo, un gran libro de viaje con el que Atkins nos recuerda que, en un mundo aparentemente reducido a Google Earth, el verdadero espíritu de aventura y de descubrimiento de nuevos lugares sigue siendo posible. Viajar no es sólo descubrir un nuevo lugar, sino a las personas que los habitan. Entre sus páginas abundan los retratos psicológicos y físicos de las personas que ha conocido, haciéndonos partícipes de sus recuerdos y vivencias, desde los estoicos guías del desierto de Gobi, a caballo entre China y Mongolia, pasando por los novicios coptos obsesionados con el Maligno y la búsqueda de Dios del Sahara egipcio, al desinhibido Papa La Mancha, uno de los tantos personajes que dan vida cada a año al errante festival ultralibertario y anárquico Burning Man de Nevada.

En el pasado, los místicos religiosos se adentraban en el desierto en busca de la apatheia, un estado de sagrado equilibrio emocional, similar al nirvana que les conducía al desapego y desinterés por lo mundano, concentrando sus pensamientos en lo sagrado. Atkins logra algo totalmente opuesto. Siempre alerta y seductor, consigue que compartamos su visión del desierto: ser capaces de ver el mundo a través de un grano de arena.

 

 

 

El mundo inconmensurable - William Atkins

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