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No vull viure al setembre_ de Vanessa Díez Tarí. 

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por Rubén Olivares

He leído “No vull viure al setembre” de Vanessa Díez del derecho y del revés, por detrás y por delante. Puedo decir que he leído como un cangrejo, si los cangrejos pudieran leer. El libro consta de 69 poemas, que se nos presentan numerados con números romanos, dividiéndolo en tres partes a través de las cuales recorremos la historia de una relación entre dos personas que se han querido tanto, que han acabado quemando su corazón en una pira, sacrificando no sólo el amor que se tenían, sino una parte de su alma. El amor tiene estas cosas tan curiosas: cuanto más hemos amado a alguien, más necesario se nos hace huir del amado, cortar los vínculos que nos unían con él y tratar de reconstruir una vida llena de escombros en la que los recuerdos nos vienen a buscar, fantasmas de un amor que creemos pasado, para volver a sacudirnos el corazón y hacernos sacar las lágrimas que pensábamos que ya no nos quedaban.

“No vull viure al setembre”, pues, es un libro que transita desde el inicio de una relación que se tiene que acabar para dar vida a otra historia, un inicio lleno de dolor, de palabras que no llegan a salir de los labios, de la carencia del calor del otro que nos reconfortaba, de despedidas suspendidas llenas de interrogantes y pasillos, habitaciones, lugares comunes llenos de recuerdos que nos torturan lentamente para limpiarnos y que, en la segunda parte del libro, abren en un nuevo momento, una nueva etapa llena de resentimientos, de los reproches por un lado que busca una culpable, una mala de esta historia, una madrastra que ha dado muerte a aquello que se pensaba que no podía tener fin y que sólo buscaba una brecha, una rendija, un pequeño rayo de luz que le diera la oportunidad de encontrar un nuevo camino para continuar viviendo y, por qué no, tratar de ser feliz, de perseguir esta utopía que todo el mundo anelamos y que todavía se despierta con recuerdos de aquello que ha tenido que dejar detrás deseando que quién la acompañaba hasta ahora pueda rehacer su vida con los trozos que los dos se han repartido, amarga herencia que ninguno quería atesorar y que, en la tercera parte del libro, acaba con la asimilación del duelo, con la comprensión que nada dura eternamente y que aquello que muere sólo es la semilla para dar vida a una nueva historia, una nueva oportunidad de ser una nueva mujer con un corazón lleno de heridas y cicatrices que muestra como una bandera, tragaluz que ilumina un pecho de quien ha muerto para renacer en una nueva mujer, llena de madurez que sale a encontrar una nueva vida y ya no tiene miedo de rendir cuentas con los fantasmas del pasado que la han acompañado durante su vida: la relación, no siempre como deseaba, con su familia; los recuerdos de una pareja que ya no es; la incomprensión de un entorno que no siempre nos comprende y la despedida de una mujer que era y que ya no es, porque se ha vuelto otra.

Estamos ante un libro que sale de las profundidades de un corazón herido que asciende hasta encontrar la luz y empezar a andar en una nueva vida. Leemos los poemas escalonadamente. El libro nos dibuja un tipo de Escala de Jacob, donde nos podemos imaginar subiendo desde el valle de lágrimas del luto que tenemos que sufrir cuando decimos adiós a una relación hasta llegar al cielo que nos espera cuando asumimos que si hemos cortado las amarras y nos hemos lanzado a buscar otra vida, ahora sólo nos tiene que importar el viaje que estamos haciendo.

El tema central que vertebra “No vull viure al setembre” es el amor y las consecuencias que su fin tiene en los amantes cuando le tenemos que poner fin, pero también la esperanza, el canto a la vida. El deseo de construir una nueva vida en este lugar tan utópico como es el futuro que está lleno de posibilidades y promesas. Pero el libro también se deja leer como un tipo de poética. Díez escribe poesía como quien modela arcilla con las manos desnudas, dándole forma y vida como sólo los artesanos saben hacer. El poema mismo acontece la obra modelada con las palabras, ligada con los versos, que toman consistencia material, peso y sobre todo su propia vida, transpirando por cada poro. Cada poema se tiene que leer conteniendo el aliento con el corazón en un puño, porque sus palabras nos atraviesan como puñales, pinchando el alma y haciéndonos temblar, sufriendo escalofríos por la emoción que nos atraviesa el cuerpo como una descarga eléctrica.

Díez escribe poemas de verso corto, cortados a mano, a veces con aristas que amenazan de hacernos sangrar, poemas que podemos leer desde nuestro interior al mismo tiempo que vayamos sustituyendo el aire que llena nuestros pulmones por sus palabras, manteniendo el silencio o bien los podemos recitar en voz alta en una sola exhalación, en un grito de declamación para librar las cadenas que nos comprimen el corazón. Díez no es una poeta que haga un abuso de los adjetivos, ni que busque una artificiosa lírica para impresionarnos con su dominio de la lengua. Habría que leer a Díez como una poeta que no tiene miedo a ponerse en el centro, de desnudarse y mostrar al lector quién es, que siente, que ama – quizá a veces demasiado -, que es vulnerable y que si le pasamos la mano por debajo de la piel y tratamos de llegar a su corazón, notaremos que está lleno de cicatrices, de historias personales que le han marcado como hierro candente. Estamos ante un libro que es una rendición de cuentas servidas con una gran condensación poética, que podíamos resumir con la idea de que el amor es plural y compartido, pero el desamor es un cúmulo que se tiene que llevar a solas. La poesía de Díez es un ejemplo de este estilo que, afortunadamente para lectores como yo, demuestra que no hace falta que nos embriaguen de palabras para disfrutar de la lírica, que nos invita a ver las palabras que no están, a llenar los espacios que quedan cuando hemos acabado un poema, a acabar por nuestra cuenta la historia que hemos leído, a ponernos en su piel, a recordar este cementerio de besos muertos que no dimos, de caricias suspendidas en busca de un cuerpo ausente que dormita en todos los corazones de quienes han amado a alguien y han tenido que decir adiós.

No vull viure al setembre

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