Niñas sucias de Elena Correa.
por Vanessa Díez Tarí
«Poner un pie a cada lado de la gallina. Pisando sus alas. Sometiéndola. Las patas bien atadas con un cordel. Habrá que reducir su lucha. Querrá vivir hasta el final. El cuchillo sobre la garganta. Con un tajo dejar caer la sangre caliente y oscura sobre el plato. “Sangre coagulada” es un relato que me recuerda a mi abuela y a la vida rural de mi niñez. Los animales y la sangre. El viento y los olores intensos. Parto desde aquella reseña de «Las voladoras» de la ecuatoriana Mónica Ojeda que me inspiró para escribir uno de los poemas de mi poemario «La luna». Y termino con algo de la reseña de «Un lugar soleado para gente sombría» de la argentina Mariana Enríquez: «Los muertos y la mujer. La enfermedad y la mujer. Empezar a ver muertos. Darte cuenta de que te estás convirtiendo en uno de ellos». «La muerte, la enfermedad, los muertos y las mujeres malditas». Estas mujeres nos embriagan. Su torrente creativo es como mezclar fuego y aire. Devastador. Mónica y Mariana bautizan «Las niñas sucias» de la canaria Elena Correa. La bendicen desde el inicio. Nos avisan de aquello que vamos a encontrar.
Cuentos de terror, siniestros y bellos. Personajes auténticos que cruzan el umbral y no tienen vuelta atrás. Niñas y mujeres en su día a día arrastradas por la brutalidad de la vida. Muerte y vida en un mismo círculo. Cosas de mujeres. Susurrar al oído la cruda realidad es muy necesario. Violación, infertilidad, aborto, soledad, vejez y muerte. Y sigue siendo necesario. Nos sigue tocando más a nosotras. Y sigue pareciendo que no pasa nada. Que si te portas bien no pasa nada. Que si eres una niña buena no pasa. Y sigue sucediendo. Un siniestro tras otro. Otra noticia en la sección de sucesos. Y después es sencillo mirar al vagabundo o a la loca de los gatos sucia y harapienta y girar la vista para no ver, y encontrar a la chica medio desangrada en un callejón oscuro y apretar el paso para no ver. Mientras seas buena no te pasará. Mientras sigas la senda. Si eres respetable. Si no alzas tu voz. Si no vas sola a deshoras. Si te haces respetar. Y siempre tiene la mujer la daga sobre la garganta a merced de los instintos para satisfacer a un lobo hambriento desconocido en cualquier lugar. Llegarán de fuera y te echarán. Y seguirá sin pasar nada. Aunque no te hayas dejado ver. Aunque no ocupes espacio. Llegará el día en que quieran devorarte.
Pasen y vean a los monstruos del circo. Ustedes los han creado. Disfruten el espectáculo mientras puedan. Los horrores siniestros están servidos. Siempre pueden cerrar el libro. Aunque Elena les habrá dejado una picadura como una pulga inquieta y nunca podrán olvidarla. Salvaje y burbujeante. Lava candente que llega sobre el picón y culmina en el frío océano. Maravillosa.