As despedidas de Cecilia F. Santomé
por Lara Vesga
Mi abuelo murió a finales del pasado mes de noviembre, hace algo más de siete meses. Ocurrió y no ocurrió de forma repentina. ¿Se puede uno morir de manera repentina cuando tiene 95 años? Supongo que entra dentro de lo razonable por naturaleza, pero el caso es que estaba bastante bien, dadas las circunstancias, hasta que apareció en escena una rotura de cadera y dejó de estarlo. Entonces todo se precipitó y en cuestión de unas pocas semanas pasamos de una ambulancia al hospital, del hospital al tanatorio y de allí al crematorio.
Al contrario que en As despedidas, la de mi abuelo fue bastante industrial, por así decirlo. Tuvo lugar en la sala de un tanatorio de un pueblo de casi 11000 habitantes, una vieja conocida que también había albergado diez años antes el féretro con mi abuela. Su esquela apareció en el periódico que leía cada día desde que yo tengo uso de razón y mucho antes de tenerla, y además de las visitas de familiares, amigos y conocidos, un párroco que estaba recién aterrizado en el pueblo y que quiso conocer algo de la vida de mi abuelo y a sus hijos y nietos vino a echar un responso a última hora de la tarde, mientras mi sobrina de año y medio correteaba feliz y ajena a lo que allí estaba pasando. Al día siguiente, en el funeral, el novato cura tuvo un lapsus diciendo que mi abuelo era “de Bilbado”, en vez de Bilbao. Y yo escuché nítidamente a mi abuelo decirme al oído: ¿Bilbado? ¿Pero de dónde le habéis sacado a este, que no sabe ni hablar? Aunque, en realidad, mi abuelo era de Sestao (o “de Sestado”). El caso es que, aunque de manera discreta (pobre cura, todos hemos tenido un primer día de trabajo), a muchos nos hizo reír aquello, lo que demuestra que hasta en el peor de los trances, con mi abuelo en ceniza presente (funeral con cenizas lo llaman, por lo visto), el mundo sigue girando y la vida continúa abriéndose paso.
Y precisamente esto es lo que consigue Cecilia F. Santomé (San Simón, 1984) en As despedidas de una manera brillante y preciosa: conmovernos y transportarnos a ese trance tan humano y tan desconcertante, tan doloroso y tan inevitable, que quien más quien menos hemos ya tenido que transitar una o varias veces: la despedida de un ser querido. El modus operandi de la autora se revela a través de la crónica íntima de una nieta que atraviesa la despedida y el duelo por su abuelo, al que su familia despide a la antigua usanza, con un velatorio casero y el cura ejerciendo de Caronte.
“El abuelo ha muerto. Está muerto. Lo estará siempre a partir de hoy. O de ayer. Cada día, un poco más. Y esa parte de nuestras vidas, tangencial con la suya, será ya solo una colección de recuerdos”, dice uno de mis extractos favoritos de As despedidas, que es también un extraordinario ejercicio de memoria y de homenaje a un modo de vida en vías de extinción. Y es que la historia transcurre a lo largo de setenta y dos horas en una casa de la Galicia rural donde familiares, amigos, vecinos y conocidos se reúnen para despedir al difunto, mientras la protagonista explora todo lo que su abuelo ha dejado vivo a su alrededor, desde sus recuerdos hasta sus bisnietos, pasando por una viuda incombustible que apenas tiene reúne fuerzas para comer, pero sí para alimentar a sus animales y a su prole.
Con una emoción contenida y con una naturalidad que inmediatamente hace que te identifiques y conectes con la trama, As despedidas huye de dramatismos y del recurso a la lágrima fácil para contar el duelo a través de la más pura cotidianidad, que marcha inquebrantable pase lo que pase. Así, a través de silencios, conversaciones triviales y de un mosaico de reacciones humanas que van desde la tristeza y un sutil humor hasta la ternura, el cansancio y la nostalgia, lo cotidiano y lo doméstico se convierten en la tabla de salvación de un trance durísimo, pero también en un modo de reconstruir la importancia de la figura del abuelo en la vida de la protagonista, además de la identidad familiar y de un mundo rural que se desvanece.
Me hubiera encantado leer As despedidas en su idioma original, el galego, para así haber podido captar, si cabe más, la esencia de la historia. Pero esta edición en castellano traducida por la propia autora es una de las mejores novelas que he leído últimamente, gracias sobre todo a su manera de narrar con tanta delicadeza y honestidad el momento de decir adiós a las personas que queremos.
