Cepillar al gato de Jane Campbell
por Rubén J. Olivares
Existe una tendencia casi pavloviana en el mercado editorial a tratar la vejez con una mezcla de condescendencia y lirismo fúnebre. Se espera que los autores que rondan los ochenta años nos hablen del legado, del perdón o de la paz que precede al silencio. Sin embargo, Jane Campbell ha irrumpido en la escena literaria con un debut que no pide permiso ni busca consuelo. «Cepillar al gato» (Impedimenta, 2026) no es el testamento de una anciana; es el manifiesto incendiario de una mujer que, tras décadas de escuchar los secretos ajenos en su consulta de psicoanálisis, ha decidido revelar los propios —o los de sus fantasmas— con una lucidez que hiere.
El volumen se compone de trece relatos que comparten un hilo conductor tan audaz como necesario: la persistencia del deseo en la mujer mayor. Campbell dinamita el estereotipo de la abuela entrañable y asexuada para presentarnos a protagonistas que todavía habitan sus cuerpos con urgencia. En estas páginas, la vejez no es una sala de espera, sino un campo de batalla donde el erotismo, la envidia y la ambición siguen reclamando su cuota de sangre.
En el relato que da título al libro, la protagonista encuentra en el acto cotidiano y doméstico de cepillar a su mascota una sensualidad que el mundo exterior le niega. Es una metáfora exquisita sobre la necesidad del tacto, de ser reconocida como un ser sintiente y no como un mueble antiguo en el rincón de la vida. Campbell explora la invisibilidad social de las mujeres que han cruzado el umbral de los setenta, pero lo hace desde la agencia, nunca desde el victimismo. Sus personajes engañan, desean a hombres más jóvenes, se vengan de ofensas del pasado y, sobre todo, se miran al espejo con una honestidad brutal que el lector, a menudo, siente que está invadiendo.
Lo que eleva a «Cepillar al gato» por encima de la narrativa costumbrista es la formación de su autora. Se nota en cada párrafo que Campbell ha pasado media vida analizando la psique humana. Su prosa posee una economía de medios asombrosa; no sobra un solo adjetivo. Escribe con la precisión de un escalpelo, diseccionando las motivaciones más oscuras de sus personajes con una frialdad que, paradójicamente, resulta vibrante.
Su estilo está impregnado de una ironía británica finísima, ese humor seco que permite tratar temas como la decadencia física o la muerte sin caer en el sentimentalismo barato. Campbell no intenta convencernos de que envejecer es hermoso; nos muestra que es difícil, a menudo cruel, pero que la chispa de la identidad —ese «yo» que quiere ser tocado y comprendido— permanece intacta bajo las arrugas. La autora evita las florituras y apuesta por una narrativa directa, casi física, donde los olores, las texturas y los roces cobran una importancia vital.
La importancia de este libro radica en su capacidad para incomodar las certezas del lector joven y validar las verdades del lector maduro. «Cepillar al gato» es una lectura obligatoria porque llena un vacío literario con una autoridad moral y estética incuestionable. Impedimenta, en su línea de rescatar o descubrir voces que desafían el canon, nos entrega una edición que es, en sí misma, un objeto de deseo.
Debemos leer a Campbell porque nos recuerda que la vida interior no caduca. En un mundo obsesionado con la novedad y la juventud eterna, estas historias funcionan como un recordatorio necesario: detrás de cada mujer que la sociedad ha decidido dejar de mirar, hay una tormenta de pasiones, recuerdos y apetitos. Es un libro para quienes buscan literatura con filo, para quienes no temen enfrentarse a la realidad del cuerpo y para aquellos que disfrutan de las distancias cortas, donde un gesto mínimo —como el paso de un cepillo sobre el lomo de un gato— puede contener todo el peso de la existencia. Jane Campbell ha debutado a los ochenta años para darnos una lección de libertad; sería un error de nuestra parte, como lectores, no acudir a su llamada.
Léanlo despacio, como quien degusta un licor fuerte que sabe que va a quemar, pero cuyo calor perdurará mucho después de haber cerrado el libro.
