Dejarte morir al sol de Carlina Gómez Meneses
por Rubén J. Olivares
La poesía contemporánea en español suele debatirse entre dos extremos: la solemnidad hermética que se refugia en el academicismo o el desahogo confesional e instantáneo que satura las redes sociales que tantas veces he criticado desde esta tribuna, cuestionando su encaje como poesía. Encontrar una voz que camine por el filo de esa navaja con absoluta gracia, rigor técnico y un sentido del humor tan afilado como tierno es un acontecimiento literario. Eso es precisamente lo que ofrece la psicóloga y escritora colombiana Carolina Gómez Meneses en su opera prima, “Dejarte morir al sol”, un poemario que no sólo justifica el prestigioso XLI Premio Gerardo Diego de Poesía, sino que anuncia una de las propuestas más estimulantes de la nueva lírica latinoamericana.
A primera vista, el libro se presenta como una autopsia del desamor. Sin embargo, reducirlo a una crónica de la ruptura sería un error. Gómez Meneses utiliza el fin del amor como un laboratorio clínico para explorar los mecanismos de la memoria, el apego y la identidad. Su condición de psicóloga no se traduce aquí en un lenguaje técnico o moralizante, sino en una mirada aguda, casi quirúrgica, que observa el dolor humano no con autocompasión, sino con una curiosidad desarmante.
El gran triunfo de “Dejarte morir al sol” radica en su capacidad para sacralizar lo mundano. La autora no busca la belleza en los grandes tropos de la tradición lírica (la luna, el mar, el crepúsculo idealizado), sino en los detritus de la vida moderna. Un partido de fútbol en la televisión, las preguntas rutinarias de la cajera de un supermercado o el dolor físico y sordo de las muelas del juicio saliendo se convierten en los vehículos perfectos para hablar de la ausencia, el vacío y el rencor. El poema se vuelve un espacio democrático donde el astrofísico y el despechado comparten el mismo banco de parque.
En este sentido, la inclusión de metáforas científicas —como la velocidad de la luz, los agujeros negros o el comportamiento de las partículas elementales— dota al poemario de una dimensión cósmica fascinante. El pasado amoroso no es un fantasma abstracto; es una estrella muerta cuya luz nos sigue alcanzando e incomodando en el presente. La densidad de la pérdida se mide aquí con las leyes de la física, lo que limpia los versos de cualquier rastro de cursilería y los llena, en cambio, de una crudeza magnética.
Dividido en secciones que simulan un tránsito o una lenta convalecencia, el libro destaca por su ritmo y su manejo del contraste. El jurado que le otorgó el galardón acertó al señalar que en sus páginas «la belleza y el sentido del humor se dan la mano». Hay una ironía finísima que recorre el texto, una sonrisa de medio lado que aparece justo cuando el poema amenaza con volverse trágico. Gómez Meneses sabe que la risa (o el cinismo inteligente) es el único escudo posible contra el ridículo del sufrimiento. Sin embargo, esa misma ironía nunca llega a ser un refugio cobarde; por el contrario, sirve para desarmar al lector y dejarlo completamente expuesto ante los momentos de mayor vulnerabilidad y ternura del libro.
«Dejarte morir al sol» es un poemario luminoso a pesar de sus sombras. Es la constatación de que para sanar una herida primero hay que exponerla a la intemperie, dejar que le dé la luz del día, aunque queme. Con una voz fresca, audaz y profundamente honesta, Carolina Gómez Meneses ha escrito un libro necesario para estos tiempos de conexiones líquidas y dolores hiperventilados. Una obra que demuestra que la gran poesía no necesita de grandes palabras, sino de grandes miradas capaces de encontrar el universo entero en el fondo de una taza de café fría.
