El principito de Saint-Exúpery ilustrado por María Hesse

k

por Elena Cruzado

El principito ilustrado por María Hesse

El principito ilustrado por María Hesse

Hay libros a los que una vuelve una y otra vez sin saber muy bien por qué. El Principito es uno de ellos. Lo he leído muchas veces a lo largo de mi vida. Primero de niña, después de joven, luego de adulta. Y cada una de las lecturas ha sido diferente a las anteriores. Esta edición ilustrada por María Hesse juega bastante con esa idea, con la de volver y mirar distinto.

La historia es fiel a la original. El aviador, el desierto, el niño que aparece de la nada y empieza a hacer preguntas que descolocan. Pero en esta edición, más que la historia en sí, lo que cambia es la manera de entrar en ella. Hesse no se limita a acompañar el texto, ni a repetir lo que ya conocemos. Se nota que ha pasado el libro por su propio filtro y lo ha hecho suyo. Sus figuras alargadas, las caras tranquilas, los colores… son tan reconocibles, tan suyas, que terminan marcando el ritmo de la lectura.

Y claro, eso tiene su riesgo. Porque El Principito arrastra una imagen muy concreta desde hace décadas, la de los dibujos del propio Saint-Exupéry, que todos tenemos más o menos en la cabeza. Aquí hay un pequeño choque al principio, inevitable aunque interesante. Porque Hesse no intenta sustituir nada, más bien abre otra puerta. Si entras, bien; si no, probablemente te quedes fuera.

Las ilustraciones tiran bastante hacia lo simbólico. No se quedan en “esto es la rosa” o “esto es el zorro”, sino que van más allá. A veces funcionan mejor, otras quizá se sienten un poco más evidentes, pero en general acompañan bien ese tono más introspectivo del texto. Hay páginas que piden parar, mirar un rato y seguir después. No es una edición para leer con prisa.

En el fondo, el libro sigue hablando de lo mismo, de vínculos, pérdida, memoria… todo eso que en la infancia igual pasa más desapercibido y en la madurez ya no tanto. Hesse recoge bien esa parte, sin cargar demasiado las tintas. Hay ternura, pero también un poso un poco incómodo que se queda ahí, como cuando algo te toca sin hacer mucho ruido.

En mi caso, que volvía al libro después de algún tiempo, sí he notado esa capa extra. No tanto por el texto —que sigue siendo el que es—, sino por cómo las imágenes te obligan a detenerte en ciertos puntos. Para alguien que lo lea por primera vez, imagino que la experiencia será distinta, más ligada a lo visual desde el principio.

No es una edición para todo el mundo, eso también es verdad. Si buscas El Principito de siempre, tal cual, puede que no encaje del todo. Pero si te apetece releerlo desde otro lugar, esta preciosa edición de Salamandra Infantil y Juvenil es la elección perfecta.

Al final se queda una sensación curiosa, como si el libro de siempre estuviera ahí, pero contado en voz baja por otra persona. Y en ese cambio, aunque sea pequeño, hay algo que merece la pena.