Esta plaga de almas de Mike McComarck

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por Rubén J. Olivares

Esta plaga de almas de Mike McComarck

Esta plaga de almas de Mike McComarck

Hay novelas que se leen y hay novelas que se padecen. No en el sentido del tedio, sino en el de esa incomodidad fértil que genera la gran literatura cuando te obliga a mirar de frente algo que preferirías ignorar. Esta plaga de almas (Sexto Piso, 2025), la última novela del irlandés Mike McCormack, pertenece sin reservas a esta segunda categoría. Una obra que arranca como un thriller de atmósfera opresiva y se convierte, página a página, en una de las reflexiones más turbadoras que se han escrito sobre la identidad, la memoria y los relatos que construimos para no derrumbarnos.

Nealon sale de prisión y regresa a su casa en el oeste de Irlanda. La encuentra fría, vacía. Su esposa y su hijo pequeño han desaparecido sin dejar rastro: no hay señales de violencia, no hay nota, no hay explicación posible. Es como si el mundo simplemente hubiera decidido prescindir de él. Antes de que pueda siquiera empezar a asimilarlo, suena el teléfono. Un hombre desconocido asegura saber dónde están su mujer y su hijo, y a cambio pide algo desconcertante: una conversación.

Se citan en el vestíbulo de un hotel. Y ahí comienza la verdadera novela, en ese viaje de Nealon hasta que logra llegar a su cita, en cada llamada que la voz misteriosa realiza para conducirlo a su cita. Porque ese hombre misterioso no responde preguntas; en su lugar, reconstruye episodios de la vida de Nealon con una precisión que roza lo sobrenatural: decisiones tomadas en soledad, pensamientos nunca verbalizados, momentos que el propio protagonista recuerda apenas con nitidez. Lo que emerge de esa conversación no es una explicación tranquilizadora sino algo mucho más inquietante: una versión alternativa, y tal vez más verdadera, de quién es Nealon y de lo que ha hecho. A medida que avanza el diálogo, la pregunta deja de ser dónde están su familia y se convierte en algo más aterrador: ¿cuánto de la historia que uno se cuenta sobre sí mismo puede realmente sostenerse?

McCormack ya demostró con Huesos de sol —ganadora del Goldsmiths Prize y el International Dublin Literary Award, candidata al Booker— que no le interesan las convenciones narrativas si no sirven a la verdad de lo que quiere contar. Aquí adopta una estrategia diferente pero igualmente calculada: una prosa de economía brutal, donde la elipsis y el silencio pesan tanto como lo dicho. Cada oración parece elegida con precisión quirúrgica; no hay una palabra de más, no hay una escena de adorno.

La estructura de diálogo que vertebra la novela —ese enfrentamiento sostenido entre Nealon y su interlocutor anónimo— funciona al mismo tiempo como motor de intriga y como dispositivo filosófico. La conversación no avanza hacia una revelación al uso sino hacia una desestabilización progresiva del yo del protagonista. McCormack maneja el tempo con maestría: la tensión se acumula sin explosiones dramáticas, como una presión que el lector nota en el pecho sin saber exactamente cuándo empezó a sentirla.

Bajo la superficie del thriller late una reflexión sobre la fractura social contemporánea, la paternidad y los límites éticos que un hombre está dispuesto a traspasar. Nealon no es un héroe ni un villano: es un hombre ordinario al que la vida ha colocado en una situación extraordinaria, y esa combinación es, en manos de McCormack, devastadoramente eficaz.

Esta plaga de almas merece leerse por las siguientes razones: porque McCormack es un novelista capaz de hacer convivir la tensión narrativa del género negro con la profundidad de la mejor literatura de ideas, sin que ninguna de las dos ceda terreno; porque en un panorama editorial saturado de historias de desapariciones y giros finales, esta novela tiene la valentía de proponer que el verdadero misterio no está fuera, sino dentro del protagonista y finalmente, quizás la más importante, porque leerla obliga a hacerse una pregunta incómoda y necesaria. Si alguien supiera todo sobre ti —cada elección, cada contradicción, cada momento en que no fuiste quien creías ser—, ¿soportarías escuchar como expone tu vida?