Jardín de Hiroko Oyamada

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por Rubén J. Olivares

Jardín de Hiroko Oyamada

Jardín de Hiroko Oyamada

Un jardín nunca es del todo inocente. Bajo su apariencia ordenada —los senderos trazados, las flores en su sitio, el césped recortado— late algo que no se deja domesticar del todo: raíces que avanzan por donde no deberían, plantas que reaparecen sin haberlas sembrado, tierra que guarda cosas que preferiríamos no encontrar. La literatura que vale la pena funciona exactamente igual, como nos muestra “Jardín”, de la escritora japonesa Hiroko Oyamada, pertenece a esta segunda categoría. Desde el primer relato, algo cambia levemente en la temperatura del aire, como si una ventana que creías cerrada llevara tiempo entreabierta. No hay sustos, no hay alaridos. Solo esa certeza creciente, casi vegetal, de que el suelo bajo tus pies no es exactamente lo que parecía. Si buscas una lectura que te inquiete sin que puedas señalar con el dedo exactamente dónde está el peligro, has encontrado tu libro.

 

Publicado en Japón en 2018 y recién llegado al español de la mano de Impedimenta, “Jardín” reúne quince relatos breves que tienen en común un mismo dispositivo narrativo: partir de una situación completamente ordinaria —un embarazo, una visita al zoo con la familia, el regreso al hogar de la infancia, un jardín que hay que desherbar— y dejar que lo extraño la vaya colonizando desde dentro, como la maleza. Los personajes son mujeres y hombres de la clase media japonesa contemporánea, atrapados en el matrimonio, la maternidad, los compromisos familiares, las rutinas que pesan. Y es precisamente en esa cotidianidad aparentemente banal donde Oyamada instala sus artefactos narrativos más perturbadores.

 

Una mujer vuelve a casa de su familia para gestionar un divorcio y termina atrapada en un ritual cuya lógica nadie le explica del todo. Unas flores rojas, asociadas a la muerte en la tradición japonesa, empiezan a invadir un jardín familiar y, con él, una genealogía entera. Una salamanquesa pegada a una ventana se convierte en el centro alucinatorio de un embarazo que la protagonista vive como algo ajeno a su propio cuerpo. Un niño descubre en un jardín vecino un territorio que parece regirse por leyes distintas a las del mundo adulto. En todos estos relatos, la naturaleza —insectos, plantas, ranas, arañas, cangrejos, perros— no es decorado ni metáfora fácil. Es una fuerza activa, silenciosa, que sabe más de los personajes que ellos mismos.

 

El gran acierto de Oyamada es que nunca explica. No hay revelación final, no hay vuelta de tuerca que resuelva la tensión acumulada. Los relatos terminan de la misma manera que empiezan: con una normalidad que ha quedado ligeramente desplazada, como un cuadro torcido que nadie acaba de enderezar. Esta contención es, en realidad, la forma más eficaz de terror: el que no se nombra, el que se filtra por las grietas de lo doméstico. Los grandes temas del libro —la maternidad vivida con ambivalencia, el matrimonio como estructura que a veces aplasta, el duelo, la presión familiar, la extrañeza ante el propio cuerpo— aparecen siempre oblicuamente, nunca formulados de manera directa, lo cual les otorga una densidad muy superior a la que tendría cualquier tratamiento explícito.

 

El estilo de Oyamada es uno de los más singulares de la literatura japonesa contemporánea. Su prosa es limpia, casi quirúrgica, pero esconde en cada frase una pequeña trampa de percepción. La crítica la ha comparado con Kafka y con Lewis Carroll, y la comparación tiene sentido: como ellos, Oyamada construye mundos en los que la lógica funciona, pero no es la nuestra. También se la compara con Yōko Ogawa, aunque Oyamada es más áspera, más terrenal. Si Ogawa suele envolver lo inquietante en una especie de belleza cristalina, Oyamada lo deja a la intemperie, expuesto a la humedad y al barro. Tana Oshima, traductora habitual de la autora en español, consigue trasladar ese equilibrio frágil entre la precisión y la sugerencia con una fidelidad notable.

 

“Jardín” es el primer libro de relatos de Oyamada, y en él está ya todo el universo que la ha convertido en una de las voces más originales de la narrativa japonesa actual. Para quienes no la conocen, es una puerta de entrada perfecta: los relatos breves permiten ir calibrando la temperatura antes de sumergirse del todo. Para quienes ya leyeron “Agujero”, es la confirmación de que estamos ante una escritora que no hace concesiones y que, relato a relato, construye una de las obras más coherentes y perturbadoras de su generación. Ábralo. Pero no lo lea de noche si tiene ventanas con salamanquesas.