La paradoja de la bondad de Richard Wrangham

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por Rubén J. Olivares

La paradoja de la bondad. La extraña relación entre virtud y violencia en la evolución humana de Richard Wrangham

La paradoja de la bondad. La extraña relación entre virtud y violencia en la evolución humana de Richard Wrangham

Al finalizar la lectura de esta obra, no puedo dejar de pensar en que la evolución nos ha gastado a los humanos una broma muy cruel: somos, a la vez, la especie más pacífica y la más letal del planeta. Discutimos con el vecino y no le partimos la cara; nos indignamos en el metro y nos tragamos la rabia; toleramos la vida en ciudades de millones de desconocidos sin iniciar una masacre en pro de reclamar más espacio y recursos propios. Y sin embargo, esa misma especie mansa ha inventado la cámara de gas, la bomba atómica y el genocidio planificado con la frialdad de una hoja de cálculo. Richard Wrangham, primatólogo de Harvard y viejo compañero de fatigas de Jane Goodall en Gombe, lleva medio siglo mirando a los chimpancés a los ojos para entender esta contradicción. “La paradoja de la bondad” es la respuesta madura de toda una vida de trabajo de campo, y llega en una cuidada edición española de Capitán Swing que confirma el interés creciente, en nuestro idioma, por la antropología evolutiva de divulgación seria.

La tesis central del libro es tan simple como perturbadora: existen dos tipos de agresión con historias evolutivas completamente distintas. Una es la reactiva, la ira caliente e impulsiva que compartimos con casi todo el reino animal. La otra es la proactiva, fría y planeada, la que exige premeditación y coalición. Wrangham defiende que los humanos hemos sido seleccionados durante milenios para tener muy poca de la primera, pero conservamos —e incluso hemos perfeccionado— una capacidad extraordinaria para la segunda.

¿Cómo llegamos hasta aquí? La hipótesis, tan audaz como incómoda, es que nuestros ancestros lejanos empezaron a conspirar y ejecutar colectivamente a los machos más agresivos y dominantes del grupo. Generación tras generación, esa violencia organizada fue eliminando a los tiranos y favoreciendo a los individuos más dóciles, en un proceso que el autor compara con la domesticación de otras especies: nos convertimos, literalmemte, en simios autodomesticados. La paradoja se cierra así sobre sí misma: la mansedumbre que hoy nos permite vivir en paz con extraños fue forjada, hace cientos de miles de años, a golpe de violencia grupal.

Es una tesis hobbesiana sin complejos, y Wrangham no rehúye el choque con la visión rousseauniana que idealiza al cazador-recolector como buen salvaje pacífico. El libro despliega evidencia de primatología comparada —el contraste entre chimpancés despóticos y bonobos, donde son las hembras las que mantienen a raya a los machos violentos—, arqueología y antropología de sociedades tradicionales para sostener su argumento. No siempre resulta invulnerable: el lector atento notará que buena parte de la reconstrucción sobre nuestros ancestros más remotos es, por fuerza, especulativa. Pero la arquitectura del razonamiento es sólida y el conjunto se sostiene con una coherencia poco común en la divulgación científica.

Lo que distingue a Wrangham de otros divulgadores de la psicología evolutiva es que escribe como quien ha pasado media vida agachado entre la maleza de Kibale siguiendo huellas de chimpancés, no como quien ha leído sobre ellos. Su prosa evita el barroquismo académico: las frases son cortas, las preguntas retóricas abundan y cada capítulo se construye como una investigación que avanza, pista a pista, hacia una revelación. Hay algo de narrador de historia natural en su forma de encadenar anécdotas de campo con datos duros, y algo de fiscal en su manera de presentar pruebas antes de dictar sentencia. El resultado es un libro que se lee con la tensión de un ensayo argumentativo bien construido, sin renunciar al rigor.

“La paradoja de la bondad” no ofrece consuelo fácil ni un relato edificante sobre el progreso moral de la humanidad. Ofrece, en cambio, algo más valioso: una explicación plausible de por qué podemos ser, simultáneamente, capaces de un amor extraordinario hacia los desconocidos y de una crueldad calculada hacia quienes decidimos situar fuera del círculo moral. Es un libro que incomoda a optimistas y pesimistas por igual, y que por eso mismo merece ser leído con atención. Para quien quiera entender no sólo de dónde viene nuestra violencia, sino de dónde viene también nuestra virtud, este es, sencillamente, un libro imprescindible. Un ensayo que engancha como una serie de novela negra y nos transporta a un emocionante viaje a través de la evolución de nuestra especie para ir uniendo las pistas sobre por qué somos, al mismo tiempo, una de las especies más pacíficas y más violentas del reino animal.