Oxígeno de Marta Jiménez Serrano.
por Vanessa Díez Tarí
Me dicen
tienes la vida por delante
pero yo miro
y no veo nada.A. Pizarnik.
Nuestra promesa de la vida alrededor fue aquel apartamento de dos habitaciones en calle Tanganillo. Un garaje reconvertido en casa. Oscuro y frío. Habitable. Me crié en el campo con objetos de segunda mano. Y nunca tuve una lavadora a la que sólo le funcionaba un programa y de dónde la colada salía oliendo mal. La lavadora alemana de tercera vida de mi abuela materna siempre hizo bien su labor. Ni nunca había mal dormido en un somier que me partiera el espinazo. No hubieron comodidades. Cambiamos lavadora, colchón y calentador del gas. Lujos que quisimos que no nos pertenecían. El Arrendador no hacía nada. Aquellos tres años de pandemia no subió el alquiler y el hijo lo solucionó echándonos de allí. El Arrendador ya no bajaba a tocar el timbre en cualquier momento sin avisar y el contrato no nos protegió. Cada año echaban a la gente y subían precio. Eso me lo diría la vecina de enfrente en nuestra última conversación.
Hasta mañana si Dios quiere. ¿Y si Dios no quiere? En Oxígeno Marta Jiménez Serrano nos hace hacernos muchas preguntas sobre lo que nos pasa en la vida y cómo nos enfrentamos a ello. «Nos queda mucho camino para acompañar el dolor ajeno». Estuvo en la IV Fiera del libro de Lanzarote en Arrecife. Y escucharla me reafirma en que contarnos historias y sacarlas de dentro es terapéutico. Y muy necesario. Aunque tardemos cuatro años en dejar salir la primera lágrima o diez. Los procesos pueden ser lentos y largos. «Lo que ocurrió me disparó los miedos y aquello me obligó a ir al fondo de la cuestión». Sobrevivió a una intoxicación de monóxido de carbono y fue a terapia. «La vida cambia – puede cambiar – en un instante». Y el texto es su forma de enfrentar el trauma. «Estabas en otro mundo hasta que empezó a llegarte oxígeno». Va siguiendo las pistas para resolver los acertijos. Los demás se convierten en su memoria. «Me importaba mucho hacer en el libro una desidealización de la amistad». La gente que está por estar, la que desaparece y la que nunca estuvo. Si la vida te da limones haz limonada, mi mi mi ¿y si ahora sólo necesito silencio y una mano sobre la mía? Y no frases hechas para seguir hablando de banalidades y de los problemas laborales en bucle de otros. Cuando alguien sufre un trauma queda detenido en ese momento durante un tiempo ¿cuánto? nunca se sabe. Lo que tarde en avanzar.
«Me esforcé mucho en contarlo y en no forzarlo… Intentar desnudar el hecho para que la crítica se hiciera sola». Buscar responsables y valorar si se denuncia o no una negligencia. Los pobres siempre se quedan con una mano delante y otra detrás. La justicia sin dinero es ciega. «Si la casera hubiera sido más humana quizá el hecho hubiera sido menos traumático». Y el hecho es que la situación del alquiler y el alquiler vacacional va de mal en peor. La autora respalda los hechos con retales de noticias de muertes por intoxicación de monóxido de carbono. Su casera dijo que no había hecho nada y ellos se fueron.
La descubrí con «Los nombres propios» y no pude resistir levantar la mano y preguntar por aquel salto de una editorial pequeña (Sexto Piso) a una grande (Alfaguara). Fue un tema emocional. Su editor se marchó. Así presentó el proyecto terminado y valoró varias propuestas. No acaba de empezar. Reconoce que el camino recorrido le ha ayudado a disfrutar en este momento una gira tan grande. Lo próximo es un híbrido entre poemario y libro de creación, pero no será una novela, aunque esto según nos insiste la autora tampoco es una novela pero es ficción, ya que usa los recuerdos para volver a lo sucedido y a partir de ahí como Alicia nos lleva a meternos por la madriguera a perseguir al conejo blanco. Corre que se te escapa.
