Reliquia de Pol Guasch

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por Rubén J. Olivares

Reliquia de Pol Guasch

Reliquia de Pol Guasch

​La muerte es un fenómeno que nos acompaña a lo largo de nuestra vida como una incómoda sombra a la que nunca nos llegamos a acostumbrar, sobre todo cuando son otros los que nos dejan. Los días continúan, la gente habla, el ruido no se detiene, y tú llevas dentro algo que no tiene nombre todavía, algo que no es sólo tristeza sino también perplejidad, una pregunta que nadie puede responder porque la única persona que podría hacerlo ya no está. Pol Guasch tenía quince años cuando su padre se suicidio. Quince años: esa edad en que uno todavía está aprendiendo a leer el mundo, a descifrar a los adultos, a entender que las personas que uno ama son también personas, con grietas propias y silencios que guardan. No hubo nota. No hubo explicación. Sólo una ausencia que llegó de golpe y se quedó para siempre, ocupando el espacio donde antes había un padre. “Reliquia” nace de ahí, de esa herida que no cierra del todo, y nace diez años después, cuando la distancia no borra el dolor sino que lo hace, si acaso, más nítido. Guasch no escribe este libro para sanar ni para explicar lo inexplicable. Lo escribe, creo, porque hay cosas que sólo se pueden sostener si primero se nombran.

El libro arranca con una frase que funciona como una grieta en el suelo: “Habría agradecido una nota”. Ahí está todo. La ausencia de explicación, el desamparo de quien se queda sin palabras ajenas con las que construir sentido. Y desde esa fractura inicial, Guasch no narra una historia de duelo al uso, no transita el camino previsible de la catarsis o la redención. Hace algo más arriesgado y más honesto: rodear lo que no puede nombrarse directamente, acercarse a ello mediante la literatura de otros.

Porque “Reliquia” tiene una arquitectura peculiar y hermosa. Es, sí, una crónica familiar de una intimidad casi insoportable, pero también un libro sobre libros, sobre cómo los escritores que nos rodean pueden convertirse en instrumentos de comprensión cuando la memoria propia no alcanza. Las biografías de otros autores que también vivieron cerca de la muerte —o la eligieron— le sirven a Guasch de andamio para sostener lo que de otro modo se desmoronaría. No es un recurso erudito ni una exhibición de lecturas: es, literalmente, la estrategia de supervivencia de alguien que encontró en la escritura ajena el lenguaje que le faltaba para procesar la propia pérdida. Hay algo profundamente veraz en eso. La literatura, viene a decirnos, no salva de la vida, pero sí ayuda a habitarla.

El estilo de Guasch merece atención aparte. Traducido aquí por Unai Velasco desde el catalán, mantiene esa tensión característica de su obra: una prosa contenida, sin rodeos, que sin embargo es capaz de vibrar con una intensidad enorme. Sus verbos hacen un trabajo extraordinario. No hay adornos innecesarios, no hay retórica del dolor. La emotividad surge precisamente de esa contención, de la manera en que una frase sencilla puede abrirse de golpe y dejar pasar todo el aire. Es una escritura que ha aprendido a no protegerse de sí misma, y eso se nota en cada página. Hay momentos en que la prosa adquiere cadencia de elegía —porque eso es, en el fondo, este libro: una elegía fulgurante, como lo define la propia editorial— y otros en que se vuelve casi documental, casi clínica, como si la distancia analítica fuera otra forma de aproximarse a lo que duele.

Lo que emerge de todo ello no es un libro autocompasivo ni autorreferencial en el sentido más estrecho. “Reliquia” trasciende la historia personal precisamente porque Guasch no la convierte en espectáculo. Su apuesta es la comprensión, no la confesión. Y en ese movimiento, en ese intento de entender a un hombre que ya no está disponible para ser entendido, el libro se abre hacia algo universal: la imposibilidad de conocer del todo a quien amamos, y la necesidad, a pesar de todo, de seguir intentándolo.

Hay una frase que condensa bien el espíritu del libro: “Copiarte era una forma de acercarme a ti”. En esa imitación de gestos y aficiones del padre ausente no hay rendición, sino un acto de amor que busca perpetuarse en el cuerpo y en los hábitos. Y hay también, quizás, una metáfora de lo que hace la literatura cuando nos apropiamos de las voces de otros para encontrar la nuestra.

“Reliquia” es un libro necesario, y no sólo para quien ha vivido una pérdida parecida. Es necesario porque demuestra que la escritura puede mirar de frente a lo más oscuro sin estetizarlo, sin instrumentalizarlo, sin pedir disculpas. Léelo despacio. Merece ese tiempo.