Sol y sombra y fiesta de Rodrigo Fresán
por Rubén J. Olivares
Hay libros que celebran centenarios con solemnidad y libros que los celebran con un puñetazo cariñoso. “Sol y sombra y fiesta”, el nuevo ensayo de Rodrigo Fresán publicado por Debate dentro de la colección ENDEBATE, pertenece claramente a la segunda categoría. El pretexto es noble: “The Sun Also Rises” —conocida en España como “Fiesta”— cumple cien años, y Fresán regresa a la novela que no solo cambió la manera de escribir de Ernest Hemingway, sino que contribuyó a inventar al propio autor. Pero quien conozca al escritor argentino sabe que en sus manos ningún homenaje es simple, y este no iba a ser la excepción.
El punto de partida es casi cinematográfico. Fresán parte de una fotografía tomada en Pamplona en 1925: quienes aparecen en ella todavía son personas reales, aunque muy pronto algunos pasarán a llamarse Jake Barnes, Robert Cohn, Lady Brett Ashley o Mike Campbell. En julio de aquel año, Hemingway llegó a Pamplona con un grupo de amigos para los Sanfermines; lo que debía ser una fiesta terminó mal para casi todos y muy bien para el escritor, que allí encontró la historia que buscaba, publicada un año después. A partir de ese cruce entre vida y ficción, el libro se pregunta qué ocurre con la realidad cuando un escritor decide convertirla en literatura, y qué les sucede a las personas cuando la versión ficcional de sus vidas termina sobreviviéndolas. No es solo un repaso biográfico: es una reflexión sobre el precio que pagan quienes son devorados por la pluma de otro para volverse, a la fuerza, inmortales.
Lo más curioso —y lo que convierte este pequeño volumen en algo más que un manual conmemorativo— es el lugar desde el que Fresán escribe. El libro forma pareja con uno anterior dedicado a Fitzgerald, “El pequeño Gatsby”, y ambos siguen, según ha señalado la crítica, exactamente el mismo guion, lo que funciona como un modo de reglamentar, casi deportivamente, el enfrentamiento entre Fitzgerald y Hemingway: panegírico frente a diatriba. Porque, como ha subrayado el crítico Javier Calvo, Fresán —no tiene sentido disimularlo— siente por Hemingway una animadversión personal y vengativa, y ahí reside, paradójicamente, lo mejor del libro. El repertorio de agravios es extenso: Fresán retrata a Hemingway como un narcisista obsesionado con su propio mito, capaz de apropiarse de vidas ajenas para alcanzar la gloria literaria. Lejos de neutralizar el ensayo, esa tensión lo carga de electricidad: no es el típico estudio admirativo, sino el ajuste de cuentas de un lector apasionado que no logra —ni quiere— separar la obra del autor que la firmó. A esto se suma el estilo reconocible de Fresán, el del «maníaco referencial» que entrelaza cultura pop, cine y literatura con una prosa expansiva y digresiva, cualidad que, según un dossier reciente sobre su obra, hace que sus libros funcionen como una fiesta infinita que abre sus puertas a canciones, películas y anécdotas de otros escritores.
Como lector, lo que más se agradece de “Sol y sombra y fiesta” es precisamente su tamaño y su ambición contenida: pertenece a una colección —Endebate— pensada para textos breves que defienden una actitud o cuentan una historia, más aperitivo que banquete, que buscan estimular la conversación en lugar de saciarla. En apenas un puñado de páginas, Fresán logra ser al mismo tiempo crítico literario, biógrafo indiscreto y polemista, sin perder nunca el pulso narrativo que lo ha hecho célebre en libros como “La parte inventada”. Se lee con la avidez de quien escucha un chisme literario de altísimo nivel, y se cierra con ganas de releer —o de leer por primera vez— la novela que le dio origen.
No hace falta ser devoto de Hemingway para disfrutarlo; basta con sentir curiosidad por cómo se fabrica un mito literario, y por lo que cuesta, a quienes lo rodean, que ese mito se sostenga. “Sol y sombra y fiesta” es, en el fondo, una invitación doble: a celebrar —o a discutir— “Fiesta” cien años después, y a comprobar que la crítica literaria, cuando la firma alguien con tanto estilo y tanto rencor bien administrado, puede ser tan absorbente como la mejor de las novelas.
