Dentro de un mes, dentro de un año de Françoise Sagan

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por Rubén J. Olivares

Dentro de un mes, dentro de un año de Françoise Sagan

Dentro de un mes, dentro de un año de Françoise Sagan

En el París de mediados de los años cincuenta, mientras el existencialismo de café y jersey negro de Sartre dominaba las discusiones académicas, una joven de aspecto frágil y mirada felina conducía su Jaguar a velocidades prohibidas por la Costa Azul. Françoise Sagan no sólo era la “enfant terrible” de las letras francesas; era la cronista oficial de una burguesía que, tras el horror de la guerra, había descubierto que el vacío emocional podía ser tan devastador como el conflicto, pero mucho más elegante.

Esta fascinación por su figura es una constante en Letras en Vena, donde no somos ajenos al magnetismo de la «encantadora pequeña fiera». Ya hemos explorado anteriormente cómo Sagan perfeccionó esta fórmula del desencanto: si en Una cierta sonrisa veíamos a una joven asomándose a la amoralidad con una mezcla de curiosidad y tedio, en “Dentro de un mes, dentro de un año esa sensación se vuelve colectiva, casi una epidemia social. Esta madurez en el pesimismo alcanza su cota máxima cuando la comparamos con Las maravillosas nubes, donde los celos y el deseo de posesión sustituyen a la indiferencia de sus primeras obras. Incluso en su obra póstuma e inacabada, Las cuatro esquinas del corazón, percibimos ese eco que nació aquí: la idea de que el amor es un motor potente pero que siempre termina funcionando en punto muerto.

Es precisamente en “Dentro de un mes, dentro de un año” (Dans un mois, dans un an, 1957), su tercera novela, donde Sagan perfecciona la disección de ese «mal del siglo» que ella misma bautizó: una tristeza dulce, un aburrimiento que se viste de seda y se sirve con whisky.

La trama de “Dentro de un mes, dentro de un año” es, deliberadamente, una estructura circular y casi etérea. No hay grandes gestas ni tragedias griegas; hay, en cambio, un baile de engaños entre parejas y amantes que se desplaza por los salones y teatros de París como un ballet perezoso. En el centro del dispositivo encontramos a Josée, una joven inteligente y hastiada que sirve de eje para una serie de satélites emocionales: Bernard, el escritor que la ama con una intensidad que ella encuentra vagamente molesta; Beatrice, la esposa sacrificada; y otros personajes que entran y salen de escena buscando, más que amor, una distracción contra el silencio.

La tesis de la novela es demoledora en su sencillez: la finitud absoluta del sentimiento. El título mismo actúa como un veredicto. Ante la angustia de un desamor presente, el consuelo de los personajes de Sagan no es la esperanza del reencuentro, sino la certeza del olvido. «¿Qué importará todo esto en un mes, en un año?», se preguntan. Esta perspectiva convierte al romance en una mercancía perecedera, despojando a la pasión de su pátina romántica para mostrarla como lo que es para ellos: un pasatiempo de temporada.

Lo que eleva a Sagan por encima de los autores de «novela rosa» de su tiempo es su estilo. Su escritura posee una precisión quirúrgica, libre de los barroquismos que a menudo lastran la introspección psicológica. Sagan no describe una emoción con diez adjetivos; elige el verbo exacto que desnuda la intención del personaje. Es una narrativa minimalista donde el subtexto lo es todo. Los diálogos, breves y cargados de una ironía defensiva, revelan una generación que teme la vulnerabilidad por encima de todas las cosas.

En esta obra, Sagan se sitúa como una heredera legítima de la tradición moralista francesa, bebiendo de la lucidez de Stendhal y la melancolía de Benjamin Constant. Sin embargo, le añade un toque de modernidad cínica que la conecta directamente con el cine de la “Nouvelle Vague”. Leer “Dentro de un mes, dentro de un año” es, en muchos sentidos, caminar por una película de Godard o Truffaut: hay una cámara que observa con aparente frialdad cómo los personajes se destruyen suavemente mientras piden otra copa.

¿Por qué volver a Sagan en pleno siglo XXI? Podría pensarse que sus historias de aristócratas y bohemios parisinos han quedado obsoletas en un mundo de hiperconexión y crisis globales. No obstante, la vigencia de “Dentro de un mes, dentro de un año” reside en su tratamiento de la insatisfacción crónica. En una era dominada por la tiranía de la felicidad en redes sociales, la honestidad con la que Sagan retrata el desgano y la vacuidad resulta extrañamente refrescante, casi subversiva.

La relación entre Josée y Bernard es el espejo perfecto de nuestras propias incapacidades. Bernard representa el patetismo del que ama a destiempo, mientras que Josée encarna la autonomía emocional que raya en la crueldad. Sagan no juzga a ninguno. Se limita a constatar que, en el juego de las relaciones humanas, la victoria es siempre temporal y el empate es lo máximo a lo que se puede aspirar.

“Dentro de un mes, dentro de un año” no es sólo una novela sobre el desamor; es un tratado sobre el paso del tiempo y la erosión de los ideales. Es una lectura imprescindible para quienes prefieren la verdad amarga a la mentira reconfortante. Al cerrar el libro, el lector se queda con la sensación de haber asistido a una fiesta elegante donde, al encenderse las luces, sólo queda el rastro de los cigarrillos y la certeza de que nada, ni siquiera el dolor, es para siempre. Françoise Sagan nos recordó que somos seres fugaces buscando conexiones permanentes, y que esa es nuestra mayor y más hermosa tragedia.

Con esta reseña, completamos un recorrido fascinante por la bibliografía de la «encantadora pequeña fiera» –que esperamos seguir ampliando-. Desde la amoralidad juvenil de “Una cierta sonrisa” hasta el eco póstumo de “Las cuatro esquinas del corazón”, pasando por la madurez obsesiva de “Las maravillosas nubes”, Sagan sigue demostrando que nadie como ella supo retratar la elegancia del vacío.

¿Cuál de estas cuatro facetas de Sagan es vuestra preferida? Os leemos en redes sociales.