Viajes por Italia, Grecia y Turquía de Virginia Woolf
por Rubén J. Olivares
Hay una imagen de Virginia Woolf que tenemos grabada a fuego: la intelectual atormentada, de mirada lánguida y prosa laberíntica. Pero antes de ser el tótem del Círculo de Bloomsbury, Virginia fue una joven de veinticuatro años que mandó a paseo la sobriedad victoriana y se largó con sus hermanos a recorrer el Mediterráneo en lo que los ingleses de aquella época llamaban “El Gran Tour” –gracias, Drew Pritchard por tu sabiduría- y que hoy hemos democratizado con el programa Erasmus. “Viajes por Italia, Grecia y Turquía”, la joya que rescata la editorial Itineraria, es el diario de una chica lista, con mucha curiosidad y muy poca paciencia para las «turistadas» de 1906.
Lo primero que sorprende de este libro es que Virginia no compra el discurso oficial. Mientras que cualquier viajero de su época se habría deshecho en elogios ante las ruinas griegas sólo por quedar bien, ella se permite el lujo de bostezar. Se aburre en los museos si están mal iluminados y no permiten contemplar la belleza de sus obras, se queja de la comida sino le gusta y le irritan los guías pesados. Es un alivio leer a una genia que se atreve a insinuar que hay momentos en los que uno prefería estar en el hotel refrescándose y no frente a un montón de piedras bajo un sol de justicia, aunque sea el mismísimo Partenón.
Pero no todo es queja, ni mucho menos. Cuando Virginia conecta con lo que ve, la magia estalla. Sus notas sobre la luz de Atenas o el caos magnético de Estambul son pequeñas bofetadas de talento. No describe monumentos; describe cómo esos lugares le cambian la temperatura del alma. Es Virginia Woolf antes de ser «La Gran Virginia Woolf», practicando sus primeros trucos de magia narrativa entre barcos de vapor y hoteles de mala muerte.
Si el texto ya es un caramelo, la edición de Itineraria es el envoltorio de lujo que se merece. Aquí es donde hay que ponerse de pie y aplaudir: las ilustraciones de Sergio Erro que acompañan al libro son una auténtica delicia. No están puestas para rellenar huecos, sino para hacernos de guía visual en ese mundo que ya no existe.
En un viaje que fue casi un safari artístico (su hermana Vanessa Bell iba al lado con el caballete a cuestas), las ilustraciones capturan esa esencia de «apunte del natural». Son trazos frescos, elegantes y un punto nostálgicos que dialogan de tú a tú con la prosa de Virginia. Si ella te habla de los canales de Venecia y sus góndolas, el dibujo te lo planta delante con una delicadeza y belleza que impactan directamente en el corazón y te hacen querer reservar un billete de avión al terminar el capítulo. Es, sin duda, lo que convierte este libro de un simple diario a un objeto de deseo para cualquier bibliófilo con buen gusto.
Más allá de las anécdotas sobre las molestias del viaje y sus paisajes, el libro tiene un poso agridulce. Leerlo es como ver una película de la que ya sabes el final. Es el último verano de felicidad pura de los hermanos Stephen. Poco después de volver, la muerte de su hermano Thoby rompería el grupo para siempre. Por eso, ver a Virginia quejándose del calor o riéndose de un compañero de viaje tiene algo de sagrado: es el registro de una libertad que estaba a punto de cambiar de forma.
¿Hay que leer este libro? Rotundamente, sí. Pero no lo hagas por darte el pego de ser un snob erudito que presume de lecturas en redes sociales. Hazlo por el placer de cotillear el diario de una de las mentes más brillantes del siglo XX cuando aún tenía ganas de comerse el mundo (y de criticarlo).
La edición de Itineraria, con ese despliegue visual tan cuidado y ese tacto de libro hecho con cariño, es el regalo perfecto para quienes prefieren la crónica de viaje auténtica antes que la guía turística de turno. Una lectura fresca, irónica y visualmente impecable que nos recuerda que, a veces, viajar no es ir a ver lugares y monumentos, sino aprender a mirar de verdad y poder compartir con quienes tenemos cerca esos momentos.
