Violet de Virginia Woolf
por Ana Valín
VIOLET: UN CLÁSICO DEL MODERNISMO INGLÉS TOTALMENTE PRECURSOR DEL MOVIMIENTO FEMINISTA DE LA ÉPOCA
Virginia Woolf construye este texto en tres partes, no necesariamente enlazadas en su trama, si bien sí en su textura, con solo 26 años, siete antes de sacar a la luz su primera novela.
«Violet» solo tiene de sencillo el título, que no es más que un hilo del que tirar para vincular tres relatos muy diferentes en el tiempo y el espacio. Esta propuesta de Virginia Woolf rinde así tributo a su íntima amiga de la juventud Violet Dickinson, siete años antes de publicar su primera novela. Y debo decir que, tras leerlo, siento que he estado todo el rato enfrascada en una suerte de experimento literario, en donde no se retrata solo a una mujer fuera de lo común en una época cerrada a las peculiaridades femeninas, sino que además se trasluce una sensibilidad muy particular para contar historias al modo de nanas que se tararean justo antes de irnos a dormir.
Interesante es decir además que al ver el modo tan vehemente en el que Woolf habla de Violet, una piensa en algo más que amistad; piensa en el reflejo de un ser sobre el otro, piensa en coincidencias en el modo de sentir, de pensar, de traducir la realidad y piensa en amor, aunque éste pudiera ser algo más ficcionado en la cabeza de ambas que una realidad palpable. Al menos, eso es lo que yo pensé al leer el primer relato, Galería de amistades, el más largo de los tres. En este texto inicial, se habla de Violet como una semilla, obviamente semilla de flor, como su nombre indica, pero no de flor ornamental o meramente decorativa, sino de vegetal en libertad que reivindica su emancipación, la necesidad de contar con “una habitación propia, un cotagge” y todo ello se hace sin dejar escapar aullidos ante la rigidez propia de la época victoriana, tan tendente a encorsetar los discursos feministas.
Luego viene el segundo relato, El jardín mágico, que se engarza con el primero por medio de unas ilustraciones a todo color a modo de láminas impresas solo por una cara como pequeños retratos líricos en el medio del texto. Y este es nuevamente un homenaje de mujer a mujer, que a veces me recuerda a una canción añeja llena de nostalgia. Aquí vemos a una Violet muy alta para su edad, muy poco delicada y con una vida social peculiar, ya que tanto le podía gustar conversar con los de su clase como con un jardinero encargado de hacer arte para los de mayor estatus. Sorprende en esta segunda propuesta el carácter descriptivo de los párrafos muy tendente a revelar no solo rasgos del carácter de la protagonista sino el modo en el que estos se revelan según el contexto en el que nos hallemos. Interesante es, al terminar la lectura de este segundo relato, volver al inicio del libro para ver la imagen en blanco y negro de Violet y Virginia descubriendo que las descripciones de una hacia la otra han sido exactas, correctas y justas.
Y ya finalmente nos vamos al tercer episodio, Una historia para hacerte dormir, que no es un ensalzamiento de Violet como tal, sino un cuento para fabular al más puro estilo oriental en el que surgen monstruos, divinidades puramente femeninas, cuestionamientos sobre la manera en la que se proyecta la fe o más bien el fervor exacerbado y expresiones en japonés. En este caso se relata tal cual un pequeño cuento de madre a bebé o a niño pequeño (no está muy claro) con transformaciones constantes del paisaje de un modo puramente mitológico. Este, que sin duda ha sido mi texto favorito, evoca de un modo tan diestro lo fantástico que ha sido imposible para mi imaginación no evocar de manera imaginaria todas esas perversiones infantiles que uno deja de fabricar nada más rebasa la línea de la preadolescencia.
El libro, con una cuidadísima edición en tapas duras, termina con unas anotaciones de la traductora, Patricia Díaz Pereda, sin las que sería imposible desvelar algunos aspectos del texto como expresiones de la época o aclaraciones sobre ciertos hitos y personajes del momento. Nada más cerrar el tomo he sentido el peso de varios siglos sobre mí en los que a veces parece que no ha habido avances o estos han sido murmullos proclamados demasiado bajo. Mas no. Si en Inglaterra, en la Inglaterra de Woolf tener un cotagge propio, un espacio personal ilimitado, se pudo convertir en una verdadera revolución, por qué no creer en el poder de la literatura nacida de más plumas femeninas, por qué no creer en nuevas opciones de cambio.
La llegada de esta obra, no podemos obviarlo, casi ha sido por casualidad, según revela la traductora, que encontró estos textos o tres cuentos inéditos mecanografiados en color violeta en la librería Waterstones, en pleno Londres, dentro de una caja situada en el suelo. Y ese impulso de descubrir más ha sido lo que nos ha traído al día de hoy, sentadas al estilo indio sobre la cama dando clausura a una lectura muy, muy deliciosa.
