La Moneda, 11 septiembre de Francisco Aguilera.

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por Rubén Olivares

“Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo”

Salvador Allende

Recuerdo que, siendo niño, la fecha del 11 de septiembre era para mi abuelo una fecha triste. Según me contaba, ese día se celebraba el aniversario de un evento aciago, en el que unos militares que se definían como salvadores de la patria (curiosamente todo golpista afirma hacerlo por el pueblo y la patria, nunca por sus intereses) habían asaltado un palacio en un país de Sudamérica y asesinado a un presidente e impuesto una dictadura. En aquellos años, hablar de dictaduras era algo que me quedaba lejano. Apenas había oído hablar de la dictadura franquista, más allá de algún comentario y menos de dictaduras tan lejanas. Con los años fui aprendiendo (y no gracias a nuestro sistema educativo, que parece tener alergia a tratar ciertos temas históricos) qué fueron las dictaduras de Pinochet y de Franco y qué supusieron para la mayoría de sus respectivos pueblos estos “salvapatrias”.

Quizás no todo el mundo sepa que ocurrió aquel 11 de septiembre de 1973 en Chile o quién fue Pinochet (pues lo que no se recuerda y se transmite, se olvida), pero aquellos que estén informados, tienen ahora la oportunidad de conocer, a través de la ficción de una novela, que es lo que realmente ocurrió en aquellos aciagos días. “La Moneda, 11 de septiembre” es un relato de historia-ficción en la que reconstruimos, de la mano de cuatro testimonios, que es lo que ocurrió: el de un policía (carabinero), simpatizante de Allende que aquel día despertó resacoso y tarde, cuando el golpe de estado estaba ya casi decidido y que se ve obligado a abortar su idea de ir a defender el palacio de La Moneda; el de un camarero que trabajaba en el palacio durante el asalto y que estuvo atendiendo a Allende hasta que se le ordenó su evacuación; el de un bombero que fue movilizado para atender las emergencias y apagar el incendio que el asalto generó en el palacio y alrededores, al que no se le permitió actuar y el de un recluta, partidario del golpe que se pasa el día del golpe dando vueltas por un Santiago de Chile en armas sin acabar de entender qué papel jugaba él en este asalto.

Los relatos de estos testimonios se entrelazan entre sí como los de una novela al uso, a través de los cuales, mediante las anécdotas e imágenes reveladoras del asalto, vamos comprendiendo como fue aquel golpe militar. Así, podremos saber que el presidente Allende, cuando paseaba por una galería del palacio durante aquel día, adornada con los bustos de los diferentes presidentes que le habían precedido, ordenó destruir los retratos de todos, menos de dos: José Manuel Balmaceda y Pedro Aguirre Cerda, los únicos a los que consideraba dignos de haber ostentando aquel cargo. O el miedo que cundió rápidamente entre la población, obligando a muchos a deshacerse de cualquier arma de fuego o cualquier otro elemento que pudiera ser considerado peligroso o subversivo para el nuevo orden que la dictadura acaba de implantar, convirtiendo a innumerables jardines en cementerios de objetos personales.

Pero quizás lo más interesante del libro, anécdotas aparte, sea su capacidad para que nos planteemos una pregunta a cuya respuesta trata de dar cierto contexto este libro: ¿Por qué nadie acudió a La Moneda y al centro de Santiago de Chile a socorrer al presidente y a su gobierno legítimo? Realmente, a Allende, según se desprende de este libro, sólo lo acompañaron en su muerte una docena de guardas personales que integraban un grupo de élite para la protección del presidente y un partidario del mismo, un anciano exmilitar, que estuvo disparando a los golpistas desde su balcón, en defensa del gobierno que él consideraba legítimo.

Un excelente libro para tratar de entender uno de los episodios más oscuros de la historia de Chile, narrado desde la perspectiva de aquellos que la vivieron y que nos enseña la importancia de recordar la historia para no permitir que nos la falseen quienes pretenden reescribirla.

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