Azul, casi transparente de Ryū Murakami

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por Rubén J. Olivares

Azul casi transparente de Ryu Murakami

Azul casi transparente de Ryu Murakami

Hay libros que no se leen: se inhalan como esa sustancia de procedencia dudosa que alguien te ofrece en el baño de un club que debería haber cerrado hace horas. «Azul, casi transparente» es uno de ellos. Con apenas 20 años, Ryū Murakami no escribió una novela: levantó un parte forense de la juventud japonesa y lo firmó con esa sonrisa ladeada que sólo aparece cuando sabes que no hay moraleja posible y, aun así, sigues mirando. No hay lirismo zen ni contemplación del cerezo en flor. Aquí lo que hay es sexo mecánico, drogas compartidas sin épica, cuerpos que se usan como quien utiliza un cenicero ajeno y una música de fondo —rock occidental, amplificado— que impide cualquier forma de recogimiento.

Todo ocurre en Fussa, ciudad dormitorio pegada a una base militar estadounidense, que se convierte en un espacio liminal donde la identidad japonesa se desintegra frente a la hegemonía cultural americana. El decorado perfecto para lo que vendrá: una zona gris habitada por soldados, camellos, chicas de barra y chavales sin futuro que han decidido —o les han decidido— que el futuro, en cualquier caso, es mentira. Murakami convierte este escenario en laboratorio para observar qué ocurre cuando una generación hereda las ruinas simbólicas de una guerra que no vivió pero cuyas consecuencias aún respira.

El azul del título no es un color: es un estado. Un tono emocional deslavazado, casi transparente, como la vida de estos jóvenes que orbitan alrededor de la base. Hijos bastardos de la posguerra, crecidos a la sombra de una ocupación que dejó hamburguesas, guitarras eléctricas y una resaca moral permanente. Si Mishima buscaba la belleza en la muerte y Kawabata en el silencio, Murakami la encuentra —si es que esa palabra sigue siendo válida— en la repetición sin sentido: follar, drogarse, volver a follar, volver a drogarse. Desde una mirada sociológica, lo que retrata es anomia en estado químicamente puro: ese instante en que las normas tradicionales ya no funcionan pero tampoco hay nada nuevo que las sustituya. El Japón de los setenta vive su milagro económico, pero Ryu, Lilly y Okinawa —los protagonistas de este desastre— no participan del relato del progreso. No aspiran a convertirse en salarymen obedientes ni quieren heredar ninguna tradición. Su rechazo no es ideológico: es visceral, orgánico, celular. Prefieren quemarse ahora que oxidarse despacio en una oficina. Esta hibridación forzada con la cultura del ocupante genera una crisis de soberanía interior: sus conductas representan una protesta pasiva, un mimetismo destructivo. Si el futuro prometido por el sistema es gris y monótono, ellos prefieren inmolarse en el presente. Si la leemos desde una perspectiva má individual, la novela es un tratado sobre la despersonalización y el trauma. Ryu, el narrador, observa su propia vida como si viera una película ajena proyectada en una pared sucia. Padece anhedonia —la incapacidad de sentir placer— y esa ausencia es el núcleo de la psique de estos jóvenes. El consumo de drogas funciona como intento fallido de romper el entumecimiento emocional. Sin embargo, en lugar de conectar con los demás, la droga profundiza el aislamiento. Las alucinaciones recurrentes, especialmente la figura del pájaro negro, pueden interpretarse como manifestación de una culpa difusa y la suciedad que sienten en su interior. Es un símbolo de entropía mental: algo oscuro que devora la conciencia desde dentro.

La prosa de Murakami es seca hasta la crueldad, fisiológica hasta la náusea. No hay metáforas que amortigüen el golpe ni descripciones que embellezcan la escena. Se enfoca en los fluidos corporales, en el olor del vómito, en la textura de la piel bajo las luces de neón. Esta fijación en lo orgánico no es gratuita: al despojar a los personajes de cultura y de futuro, sólo les queda el cuerpo. Y el cuerpo, en su concreción irreductible, se convierte en el último territorio de verdad posible. El sexo no es erótico, es clínico; la violencia no es catártica, es aburrida. Y en esa renuncia a cualquier tentación estética reside la potencia del libro, algo a lo que que contribuye la estructura fragmentada del relato —escenas yuxtapuestas sin arco dramático, eventos sin consecuencia—, la cual replica una mente disociada, un yo desintegrado que sólo puede registrar estímulos sin integrarlos en narrativa coherente. Murakami escribe como quien pasa lista: esto ocurrió, luego esto otro, y después nada. El lector espera una revelación que no llega, porque no hay nada que revelar. Esta fragmentación es mecanismo de defensa ante una realidad que, si la miraras de frente y sobrio, te partiría por la mitad.

Desde Occidente, se puede leer a Murakami como un primo lejano —y más nihilista— de Bret Easton Ellis. Pero donde «Menos que cero» todavía juega a la iconografía pop y al distanciamiento irónico, Murakami elimina incluso la pose. Sus personajes no están perdidos: simplemente no buscan nada. Esa es la verdadera provocación. La transparencia que persiguen no es pureza moral sino un estado límite donde el dolor se vuelve tan agudo que atraviesa hacia el otro lado, hacia una claridad vacía. Es la transparencia del cristal que corta: limpia pero letal. Hay una belleza terrible en su estilo. La genialidad reside en esa prosa que convierte la desolación en estética sin traicionarla, sin embellecerla. Es la belleza de la autopsia, del parte forense, de la verdad cuando duele. Lo que documenta es un intento desesperado de sentir algo mediante el exceso absoluto, sólo para descubrir que el vacío es más persistente que cualquier estímulo.

Lo perturbador de «Azul, casi transparente» no son sus excesos —que ya no escandalizan— sino su negativa a juzgarlos. Murakami no convierte a sus personajes en víctimas redimibles ni en símbolos de nada. Los muestra en su deriva como quien documenta un experimento sociológico llevado al límite, con la neutralidad de quien sabe que cualquier moraleja sería una mentira piadosa. Décadas después, el libro mantiene su vigencia incómoda. No porque retrate una época concreta sino porque expone algo atemporal: qué ocurre cuando heredas un mundo que no puedes habitar, cuando el significado colectivo se ha evaporado y sólo quedan los cuerpos. Termina igual que empieza: con la sensación de que todo podría repetirse mañana sin que nada cambie. El vacío, cuando se instala, no entiende de épocas ni de fronteras. Sólo cambia la música de fondo.