Ellas hablan de Miriam Toews. 

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por Vanessa Díez Tarí

La autora al final del libro se acuerda de mujeres y niñas que viven en comunidades patriarcales y autoritarias de todo el mundo. En “Ellas hablan» Miriam Toews nos habla de las agresiones a las mujeres y niñas de una colonia menonita de Bolivia entre 2005 y 2009. Curiosamente hace una semana veía el documental “La mitad de todo» sobre la situación de la mujer en Bolivia en época de Evo Morales. A través del relato de doce mujeres podíamos imaginar su situación. Sociedad conservadora en la que están hirviendo los cambios. Existían diferencias entre la mujer del campo y la ciudad pero muchas de ellas denunciaban situaciones de desigualdad. Para la mujer urbana aunque tuviera que acudir a todo siempre era más sencillo. Trabajo, casa y prole. Sabemos que la mujer no descansa. Según descendemos la escala social encontramos cada vez situaciones más grotescas. La mujer del medio rural es la que más agresiones recibe, por parte del marido al forzarla a tener relaciones, por parte de otras mujeres por no tener nada, e incluso por parte de las hijas que se avergüenzan de sus madres analfabetas. Son estas mujeres las que superadas por tantas bocas se ven obligadas a controlar la natalidad con los medios que tienen a su alcance, hierbas y ungüentos. Las mujeres no dejarán que olviden su origen y sus hombres las someterán. Entre las mujeres empieza a existir un movimiento hacia los órganos políticos para conseguir que las escuchen.

Las mujeres de “Ellas hablan» han sido violadas. Sus maridos, hijos varones y vecinos no las creen o quieren mirar hacia otro lado. Cuando los culpables son detenidos los hombres van a la ciudad y venden animales para reunir el dinero para la fianza. No piensan en las consecuencias emocionales para sus mujeres. No importan. Silencio, trabajo y obediencia. Mujeres sumisas y trabajadoras han sido hasta este momento. Tras ser agredidas todo va a cambiar. Se reunirán en el granero de un vecino para celebrar sus asambleas y decidir su futuro. Nunca les han permitido tener opinión. Los hombres las reducían a nada.

Las mujeres atacadas pertenecen a dos familias y son de diferentes edades. Incluso una niña de tres años ha sido víctima. La rabia tras ser atacadas sigue ahí. Valoran las diferentes posibilidades: quedarse y luchar, quedarse y no hacer nada, y quizá irse. Quedarse y luchar va en contra de sus principios, quedarse y no hacer nada, algo que las llenaría de mayor odio y quizá se cometiera alguna muerte, o finalmente irse. No es sencillo soltar toda una vida.

Miriam Toews se centra en los miedos. Mujeres que callaban ante tales injusticias abren la puerta a compartir con otras mujeres. Los demonios que las acechan no están fuera si no dentro de ellas, pues serían capaces en algunos casos de matar a sus agresores. La mujer cuanto más aislada más indefensa y si es analfabeta más. La mujer menonita estaría en una situación parecida a la mujer rural boliviana, ambas viven en el campo y muchas veces aisladas, además se deben a sus maridos. Romper con la fuerza de la costumbre es algo que la mujer menonita está pensando, enfrentar y desobedecer a los hombres, los que las han agredido y a los que no han sabido defenderlas. Duele estar y partir también. 

Mujeres sin voz que despiertan como víctimas y se convierten en su propio agente de cambio. Hasta que las mujeres no tomen acción y ejerzan su derecho a decidir y tomen el rumbo de sus vidas seguirán existiendo estas historias injustas pues su fuerza de trabajo es valiosa, siempre una mujer ha trabajado de sol a sol hasta agotarse. Estas comunidades mantienen a sus mujeres en la época de nuestras bisabuelas cuando una mujer, y más en el campo, se levantaba antes de salir el sol para arreglar animales, pastar el pan del día, arreglar la casa, remendar ropa, hacer la comida, repasar el huerto y cuidar de los pequeños y quizá asistir algún parto, pues en zonas tan remotas esperar al médico podía significar la muerte. Pero el poder de decisión estaba en manos masculinas y eran cuidados y atendidos. Ellas siempre eran las últimas y su voz tan sólo un molesto susurro.

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