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Panza de burro de Andrea Abreu. 

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por Vanessa Díez Tarí

Era la niña buena, la que siempre se portaba bien y la que no sabía decir que no. Era mi primer colegio. Tendría unos seis años. Era tan grande la necesidad de agradar, de pertenecer al grupo, de sentirme aceptada, de ser una más. No quedarme apartada del resto, repudiada.

Ella era la que mandaba. Todos le obedecían. Sus órdenes eran ley. Era una niña mandona, déspota. Tenía el poder. Siempre había que hacer lo que ella quería, si no te golpeaba. Era sibilina y adictiva. Todas las niñas querían ser su amiga y los niños también.

En tercero mis padres me cambiaron de colegio y tardé años en volver a verla, pero aún recuerdo aquella vez que hizo que algunos entrásemos al aseo de chicas. Niños y niñas. Cinco cuerpos inexpertos allí con la ropa interior por los tobillos. El simple placer de descubrir qué había de diferente entre nosotros. Nadie le dijo que no. Rápidamente volvimos a clase. Nunca hablamos de aquello. Ella había vuelto a ganar.

Isora es la que manda, Shit la que obedece. Isora siempre consigue lo que quiere. Siempre gana. Shit termina volviendo aunque sea maltratada. En esta amistad es Isora la que domina y Shit la sumisa, la que no sabe decir que no. Una relación de dependencia y sumisión. Shit admira e idolatra a Isora siguiéndola en sus hazañas aunque ella no esté de acuerdo. Isora es la valiente, la echada palante, la que experimenta, la que vive al límite, la que se enfrenta, la que tiene el poder y se sale con la suya. Shit es todo lo contrario. Sabemos de Shit a través de Isora, aunque Shit narra la historia, no nos dice ni su nombre si no el apelativo que usa Isora para nombrarla, así nos demuestra que puede llamarla como quiera que ella se deja.

Alguien le dijo a Andrea Abreu que no pasa nada en esta novela. En “Panza de burro” hay bulimia, homofobia, menstruación, envidia, abandono, masturbación, maltrato, homosexualidad, desigualdad y tristeza. Esta novela ya comienza como un volcán en erupción y con su crudeza nos va adentrando en el monte, metiéndose casi bajo las faldas del volcán. “El vulcán estaba tapado por las nubes y una neblina baja se balanceaba entre las sábanas que estaban tendidas en las azoteas de las casas”. La panza de burro en la novela se describe y se siente, esa tendencia a la tristeza que arrastra a sus personajes. “Una metáfora de la opresión de la adolescencia y la incapacidad de expresar las emociones”, llega a afirmar la autora. La cruda realidad de un barrio obrero situado en las faldas del Teide donde la gente tuvo que trabajar en el sur de la isla a base de sudor y sangre, dejando a los hijos a cargo de las abuelas. Como animalillos del monte seguían creciendo, descubriendo la vida por sí mismos.

Una voz propia que me recuerda a las autoras sudamericanas que he ido leyendo con el paso de los años. Una escritora que se atreve a experimentar con el contenido y con la forma. Usa el habla coloquial de su tierra, de su barrio, sus palabras propias ya han sido plasmadas sobre el papel. Lo oral al nivel de lo escrito. Las palabras de Chela ya no se las lleva el viento.

Su editora ya nos advierte “Panza de burro no es una historia que refleje el habla canaria, porque es solo el habla de un lugar concreto, de un barrio concreto, de dos niñas concretas, de cien viejas concretas”. Y aún así te identificas con la historia. Aunque Andrea sea de un barrio rural de una isla y yo de una pedanía rural de Elche (Alicante), donde también siguen existiendo las curanderas o santiguadoras y se sigan haciendo rituales de limpias y de quitar el mal de ojo, aunque vivamos pegados a los móviles. Hay modos de vivir que permanecen en la periferia, en el campo y en el monte. La lengua está viva y no tiene sentido dejar que se pierda, cada rincón tiene su forma de vivir y de expresarse. La riqueza de nuestra tierra va más allá de lo culinario, que más da si es canario, gallego, catalán, vasco, valenciano, bable, panocho … deberíamos querer conocer nuestras diferencias y no unificar el idioma como solía pasar en el televisor. Era el español normativo el que aparecía en pantalla, aunque en casa hablásemos otra cosa muy distinta. En este caso os vendrán bien unos programas de “En clave de ja” para ir abriendo boca pero todo se entiende por el contexto, la trama nos adentra de tal forma que no tiene sentido quedarse en la anécdota de una palabra si no la entendéis, tan sólo dejaros llevar, si como con las voces argentinas, mexicanas, dominicanas, ecuatorianas … quizá como las protagonistas os dejasteis encandilar por alguna novela como Pasión de gavilanes por los cueros musculados aunque dijeran mamita y venga pa acá y coger y déjese querer mujer, pues lo mismo es. Una autora con tal fuerza ha irrumpido y debéis escuchar su voz.

 

Panza de burro

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