El cielo oblicuo de Belén García Abia. 

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por Vanessa Díez Tarí

Hoy celebro la no maternidad y la maternidad de todas aquellas mujeres que han pasado por mi vida, incluida mi madre niña. Mi madre era muy joven cuando llegué al mundo, tan sólo diecinueve escasos años. Creían que llegaba más temprano que tarde, porque decidieron casarse demasiado pronto para escapar de casa y volar solos hacia los tormentos de la vida. Aunque aún tardaría unos años en llegar. No conseguía engendrar y su estado de nervios era constante, quería ser madre. El útero no consentía fácilmente albergar la semilla del hombre y la mujer lloraba.

En “El cielo oblicuo” de Belén García Abia me reflejo en el camino hacia la no maternidad. Los bailes de hormonas, los síntomas desconocidos de que algo pasa, el cuerpo nos grita, pero ninguna mujer de nuestro entorno nos avisa y vamos a oscuras por el pasillo de la herencia. Aquellas veces que deliraste ante un reflejo de posibilidad y derrochaste en pruebas de embarazo. Nunca el predictor tuvo a bien apiadarse. Ahora ya no duele, ha pasado el tiempo, desgastaste los años de búsqueda enfermiza y piensas en los anticonceptivos que no hubieran sido necesarios. Derroches que impone la sociedad que siembra la necesidad de que seamos madres, pero no madres niñas, nunca demasiado pronto, ¿y si después es demasiado tarde?.

“Tus miomas son palabras que te metieron por tu hendidura cuando eras pequeña. Fue tu madre la primera. Fue tu profesora. Fueron tus hermanas. Tus amigas del colegio y finalmente fuiste tú. Aún lo haces. Te sientas en el bidé, abres tu vulva y metes palabras que se acabarán enquistando”. Los miomas marcan a varias mujeres de la familia. Están vacías. Las han rasurado y cortado. Desmembradas y ya no se desangran. Después llega la menopausia temprana y la descalcificación de huesos. La debilitación del suelo pélvico y las pérdidas de orina. Desaparecen. Ya no son nada. Así lo sienten. No se las escucha. Ahogadas en llanto.

“Aún sin mamas, aún sin cuerpo y te lo van agrandando, te lo abren desde la vulva, para llenarlo de deseos de maternidad, deseos de normalidad”. Mi cadera ancha y mis senos grandes fueron la prueba para mi abuela de que me sería fácil la tarea, un parto sin complicaciones. Para mis catorce años era demasiado pronto albergar pensamientos de maternar. Y ahora ningún feto habita este útero, demasiado tarde. La normalidad pasaba por sembrar en las mujeres el deseo de ser madre ¿y qué pasa cuando la semilla cuaja pero el bebé no llega nunca? ¿qué hacemos con esas mujeres que sienten con ansia el deseo pero el cuerpo no acompaña? Callan y miran para otro lado. Si no lo mentas no existe. Sin voz. Quizá vuelvan a darnos muñecas como las que encontré en Casa Lis (Museo Art Nouveau y Art Déco) en Salamanca, aquellos bebés a tamaño natural creados para acallar a mujeres en el abismo de la locura por no haber conseguido ser madres, más tarde se usarían para que ya desde pequeñas conociéramos nuestra función básica, adiestradas en dar cobijo, biberones y cambio de pañal. 

“Escribo con mi útero, con mis ovarios, con mi vagina. Vulva absorbedora. Vulva abismo”. Crear es la única forma que conozco para soltar la oscuridad de los fantasmas que nos atormentan. Y ya no importa si pincel, lápiz o incluso tus dedos sobre el barro o la pintura. Saca de dentro de tu útero ese grito que te atenaza. “Rebelarse es feroz. Gritar es feroz. Ser sola es feroz. Ser única es feroz. Escribir es feroz. La mujer feroz es bella en su monstruosidad. La matan cuando no la pueden dominar”. Celebro a cada mujer feroz que ha pasado por mi vida, luchando y partiéndose el alma para que su voz fuese escuchada. Narrarnos es necesario. La mujer feroz debe salir y cumplir su cometido. Nos prefiero aullando libres que locas medicadas dando vueltas en un sanatorio como perras enclaustradas. Antes libres que perdidas.

El cielo oblicuo

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