Las jefas de Esther García Llovet

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por Rubén J. Olivares

Las jefas de Esther Esther García Llovet

Las jefas de Esther Esther García Llovet

​En Las jefas, Esther García Llovet vuelve a un territorio que conoce bien: ese espacio intermedio —geográfico y moral— donde el ocio deja de ser una promesa y se convierte en un problema. La novela, publicada por Anagrama, se sitúa en un resort de la Costa Blanca, uno de esos enclaves diseñados para el descanso que, en manos de la autora, adquieren la consistencia de un escenario mental. No es tanto un lugar como una forma de estar en el mundo: suspendida, repetitiva, ligeramente turbia.

El Zen Gardens donde transcurre la acción podría pertenecer a cualquier punto del litoral mediterráneo español. Su indefinición no es casual. García Llovet trabaja con espacios que parecen intercambiables, como si el turismo hubiera producido no solo paisajes clónicos, sino también sujetos igualmente estandarizados. Allí pasan los días tres mujeres que apenas salen del recinto, entregadas a una rutina de alcohol, conversaciones y pequeñas transacciones de poder. El título, Las jefas, introduce desde el principio una ironía fundamental: manda quien puede, pero también quien no tiene nada mejor que hacer.

La novela no se articula alrededor de una trama en sentido clásico. No hay un conflicto central que avance hacia una resolución, ni una transformación clara de los personajes. Lo que hay es una acumulación de escenas, diálogos y situaciones que refuerzan una sensación de estancamiento. García Llovet parece más interesada en capturar un clima que en contar una historia. Y ese clima es el de una calma inquietante, sostenida por la repetición y atravesada por una violencia que nunca termina de manifestarse del todo.

Este procedimiento no es nuevo en la obra de la autora. Desde Spanish Beauty hasta Los guapos, García Llovet ha construido una narrativa reconocible, basada en personajes que hablan mucho y hacen poco, en ambientes que parecen a punto de descomponerse y en un humor que no busca la carcajada, sino el desajuste. En Las jefas, esa poética alcanza una forma particularmente depurada. Todo parece ligero, casi improvisado, pero el control del ritmo es preciso. Cada escena cumple la función de reforzar la sensación de encierro, incluso cuando los personajes se mueven en espacios abiertos.

Uno de los aciertos de la novela está en su tratamiento del ocio como problema contemporáneo. El resort no es un paréntesis en la vida real, sino una versión intensificada de ella. Nadie descansa realmente en el Zen Gardens; simplemente se aplaza cualquier decisión. El tiempo libre, en lugar de liberar, inmoviliza. García Llovet observa este fenómeno sin dramatismo, con una ironía seca que evita tanto la denuncia explícita como la nostalgia. No hay aquí una crítica frontal al turismo ni una idealización de un pasado perdido, sino la constatación de un presente construido sobre la repetición y el simulacro.

La prosa acompaña esa mirada. García Llovet escribe con frases cortas, diálogos ágiles y una economía expresiva que rehúye el énfasis. El lenguaje parece transparente, pero no lo es: bajo su aparente sencillez se esconde una mirada muy consciente de lo que deja fuera. La autora confía en el lector y evita explicaciones innecesarias. Los personajes no se analizan a sí mismos ni reflexionan sobre su situación; simplemente hablan, se mueven, ocupan el espacio. Esa renuncia al psicologismo convencional refuerza la sensación de extrañeza.

También el humor juega un papel clave. Las jefas es una novela cómica, pero no amable. La risa que provoca es incómoda, a menudo amarga. Hay algo de esperpento contenido en estas mujeres que ejercen un poder mínimo sobre un mundo igualmente pequeño. La autora se acerca a ellas sin juzgarlas abiertamente, pero tampoco las redime. Son productos de un sistema que promete bienestar constante y entrega, a cambio, una versión empobrecida de la experiencia.

El escenario turístico funciona, además, como una metáfora eficaz de ciertas derivas de la sociedad contemporánea: la estandarización de los deseos, la dificultad para distinguir entre tiempo libre y tiempo muerto, la ilusión de control en contextos profundamente regulados. García Llovet no formula estas ideas de manera explícita; las deja flotar en el texto, como una música de fondo que el lector va reconociendo poco a poco.

Las jefas no es una novela para quienes buscan una historia cerrada o personajes con arco narrativo. Su apuesta es otra: la de una literatura que observa, registra y expone sin ofrecer soluciones. En ese sentido, confirma a Esther García Llovet como una autora que escribe al margen de las modas dominantes, con una voz propia y un territorio bien delimitado. Una voz que, sin hacer ruido, sigue ampliando las posibilidades de la narrativa española contemporánea.