Para leer al anochecer. Historias de fantasmas de Charles Dickens
por Javier Velasco
“Había algo en el aire aquella noche, un silencio espeso que parecía contener un mensaje oculto. Y aunque intenté ignorarlo, supe que había algo —o alguien— aguardando entre las sombras.”
Cuando uno abre un libro como «Para leer al anochecer», sabe que está a punto de entrar en una dimensión distinta, esa en la que Dickens se mueve con una naturalidad asombrosa y donde la noche adquiere un brillo propio. Esta recopilación de relatos nos invita a atravesar la frontera entre lo visible y lo invisible, entre lo que creemos entender y lo que nos acecha en los huecos de la mente. Y Dickens, siempre maestro de lo humano, utiliza lo sobrenatural no para asustar, sino para explorar lo que duele, lo que pesa y lo que permanece.
Desde la primera historia, «Para leer al anochecer», el ambiente queda fijado: velas que titilan, puertas que crujen sin motivo, voces que parecen venir de un tiempo paralelo. A partir de ahí, el libro se convierte en una travesía tan misteriosa como inquietante.
De todos los relatos, hubo tres que me atravesaron de forma especial:
El primero de ellos es ‘El guardavías’. Sencillamente, magistral. Pocas veces he sentido una presencia tan real, tan palpable, tan impregnada de fatalidad. La atmósfera ferroviaria, la tensión que se respira incluso en las pausas, y esa aparición que se anuncia como un presagio inevitable… hacen de este cuento una auténtica obra maestra del género.
‘El juicio por asesinato’ es otro de los grandes momentos del libro. Dickens juega con la ambigüedad moral, con el peso de la culpa, con ese filo invisible entre lo humano y lo espectral. Me atrapó desde el primer momento, no solo por el misterio, sino por esa fina ironía que Dickens maneja como nadie.
Por último, ‘El letrado y el fantasma’ ha sido una auténtica delicia. Dickens despliega aquí un sentido del humor maravilloso, casi pícaro, sin abandonar la presencia fantasmagórica que recorre cada página. El resultado es una historia ingeniosa, divertida, ágil y absolutamente dickensiana.
Pero más allá de estos tres, cada relato tiene algo que ofrecer: la melancolía de ‘La casa encantada’, la ternura oscura de ‘El fantasma en la habitación de la desposada’, el encanto clásico de ‘Cuatro historias de fantasmas’, la imaginación de ‘El niño que soñó con una estrella’… Todo en este volumen respira esa mezcla tan particular de humanidad, misterio y emoción que solo Dickens sabía orquestar.
Una de las cosas que más he disfrutado, como siempre, es la ambientación. Dickens convierte cada espacio en un personaje más: estaciones solitarias al borde del abismo, casas antiguas que parecen escuchar, pasillos demasiado silenciosos, sombras que esconden historias no contadas. Hay un poder evocador en su prosa que traspasa épocas y convierte la lectura en una experiencia sensorial.
Y aquí llega algo que para mí es una parte esencial de la experiencia: ¡qué maravilla que Impedimenta haya reunido estos relatos en una edición tan preciosa! Como lector fiel de la editorial, no dejo de sorprenderme con el mimo que ponen en cada libro, en cada detalle. Es un gustazo para la vista y para los sentidos: papel, diseño, traducción… todo rezuma calidad y respeto por la literatura. Saben traer al castellano obras que parecen escritas para ellos, para ese catálogo único que están construyendo.
Leer ‘Para leer al anochecer’ ha sido sumergirme en un océano de sombras bellísimas, de presencias que se quedan contigo, de historias que parecen contadas al oído en una habitación donde la luz no termina de llegar. Dickens recuerda aquí que los fantasmas no siempre vienen de fuera: a veces son recuerdos, advertencias, cicatrices o deseos que no hemos sabido nombrar.
Y cuando cierras el libro, después de recorrer todas estas historias, te queda la sensación de haber sido tocado suavemente por algo que no ves pero te acompaña. Esa mezcla de emoción, inquietud y belleza que solo Dickens sabe provocar. Esa certeza de que lo humano y lo espectral a veces se parecen demasiado. Esa magia que Impedimenta convierte en objeto y en experiencia.
Y entonces entiendes que, en realidad, este no es un libro para leer al anochecer. Es un libro para quedarse un rato más en la oscuridad, por gusto, por placer, y porque pocas veces la sombra ha sido tan hermosa.
‘Seguí la mirada del señor Harker y entonces, al fondo de la habitación, vi a la figura que estaba esperando: el segundo de los dos hombres que bajaban por Picadilly.’
