Por Rubén Olivares

Que todas las guerras son cruentas y a la larga sólo aportan dolor a quienes las sufren es un hecho. Que esta crueldad es mayor cuando quienes luchan entre sí son vecinos y que este dolor se intensifica cuando no se han podido velar a quienes cayeron lo es aún más. En abril de 1936 estallaba en España uno de los capítulos más cruentos y peor tratados por la historia contemporánea hispánica: la Guerra Civil. Desde el revisionismo al negacionismo, pasando por el histrionismo de la publicación del Diccionario Biográfico Español Real Academia de la Historia (que pagamos todos los españoles), la crítica a la promulgación de la Ley de la Memoria Histórica hasta su olvido y soterramiento bajo el cacareo de la necesidad de “racionalizar” gastos por parte del actual gobierno, está claro que las heridas que provocaron la Guerra Civil no sólo no han cicatrizado sino que sigue supurando entre aquellas personas que desean saber por qué se debe olvidar a quienes lucharon en la contienda y siguen enterrados en las miles de cunetas, montes y orillas de cementerios por el hecho de haberse posicionado en el bando que perdió el conflicto.

Miles de españoles que no vivimos este conflicto armado, nos preguntamos por qué sigue siendo tabú hablar abiertamente de la Guerra Civil, por qué hablar de los muertos que yacen en cunetas, por qué exigir un reconocimiento abierto por parte del Estado y de las fuerzas políticas en pro de aquellos que defendieron un sistema democrático como era la II República, por qué exigir una reparación moral de los miles de represaliados y condenados en los juicios sumarios que se llevaron a cabo tras la posguerra, por qué, en definitiva, sigue siendo tan difícil y extraño promover un proceso de reconciliación entre “las dos Españas”, como hiciera en su día Alemania respecto a su pasado nacionalsocialista.

A ello viene a dar respuesta, desde su perspectiva como historiador hispanista Jason Webster. A medio camino entre el trabajo del historiador, la mirada de un etnógrafo que escudriña y retrata el carácter de los diferentes personajes con los que trata y el cuaderno de un viajero, este libro nos muestra a lo largo de sus páginas que las heridas que quedaron tras el fin de la Guerra Civil y la posterior dictadura franquista no sólo no han cicatrizado, sino que permanecen abiertas reclamando que alguien las atienda para poder cerrarlas.

A lo largo del libro podremos descubrir personajes curiosos, gentes sencillas y personas siniestras que defienden abiertamente el levantamiento militar y la posterior represalia y que, como un mantra, no dejan de repetir que “en los dos bandos hubo muertos”, obviando que sólo uno de esos bandos siguió matando y reprimiendo tras acabar la contienda en un programa de represión y de exterminio que bien podría considerarse el precursor del sistema de represión y aniquilación que el nacionalsocialismo implantó en Europa. Un libro para aquellas personas que no teman acercarse a descubrir un poco de la historia más negra de España.

 

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