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Por Francisco Díez.

Esta mañana te has cruzado con tu vecino en la escalera, el que siempre te sonríe a modo de saludo, ya no has dejado de pensar en él durante todo el día. Interpretas su gesto como un alegre regalo que desea que aceptes, así que tienes derecho a tomarlo; lo imaginas como una gran caja pulcramente decorada con forma humana, ansías abrirla, literalmente, y descubrir todas las sorpresas de su interior, te maldices por no haber llevado un cuchillo carnicero encima en ese momento; aunque, quizás, te hubiera bastado torturarlo hasta que su miedo se convirtiera en tu poder. Has sido un estúpido, sólo le has devuelto la sonrisa.

Pues, John Wayne Cleaver ve como potencial víctima a cualquier persona con la que se cruza. Es un adolescente al que su terapeuta cataloga como sociópata, no reconoce los sentimientos ajenos más allá de risa, alegría; lágrima, tristeza, por lo que no sabe si su trato con la gente es benigno o dañino. Y su trabajo en la funeraria de su madre o su obsesión por los asesinos en serie no ayudan a describirlo de otra manera que no sea siniestro o cruel.

Realmente, la fascinación que John siente hacia los asesinos no es insana, aprende de ellos todo lo que puede, sabiendo que sus conductas son erróneas, e intenta evitar por todos los medios parecerse a éstos o recrear sus acciones, así ha creado en su mente una serie de reglas que sigue escrupulosamente y sin excepciones. El problema llega cuando en el pueblo donde vive, el pequeño condado de Clayton, aparece un asesino en serie real, un auténtico demonio, que mata y desmembra agresivamente a los ciudadanos; cuando, después, los cadáveres llegan a la funeraria, y a sus propias manos; cuando John descubre al asesino casualmente; y cuando decide capturarlo y quitarle la vida él mismo, por lo que deja de regirse por las normas de su cabeza, en consecuencia libera al monstruo que yacía en su interior, y le es imposible controlarlo completamente.

No soy un serial killer es el típico diario de un chico de instituto plagado de no tan típicos tramos realmente oscuros aderezados con toques de buen humor negro que liberan tensión y suavizan la atmósfera tétrica que en ocasiones puede llegar a envolver la historia. Por otro lado, el autor crea angustiosa curiosidad haciendo totalmente previsibles las acciones futuras de los personajes, acciones que apuntan a ser horribles y aterradoras, acciones de las que el personaje no se percata debido a su psicopatía, acciones que clamas para que no ocurran… Todo esto hace que, por cada capítulo leído, quieras despejar tus sospechas, esperanzado, en los siguientes, atrapándote en una estratégica orgía de destrucción.

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