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Por Sandro Maciá.

Lo confieso: soy adicto. Pero no adicto al estilo tradicional, no. Yo paso de vicios caros y extravagantes. Yo soy más de meterme en vena acordes, melodías y voces, es decir, que prefiero disfrutar de algo más terrenal –aunque no por ello menos apasionante y adictivo- como es la música.

Sin embargo, he de reconocer que hacía tiempo que no me sentía tan inspirado como para ponerme a realizar este tipo de introspecciones o como para pararme a saborear esta pasión que despierta en mí tendencias casi próximas a la melomanía. Y es que, puestos a confesar, es justo aclarar que mi relación con “el arte de combinar los sonidos con el tiempo” – tal y como me hicieron aprender de carrerilla en el colegio- no pasaba por su mejor momento, hasta que he vuelto a reencontrarme con uno de los grupos que marcó mi adolescencia y entrada a la vida adulta: The Cranberries, esa banda irlandesa de estética naif, capitaneada por la gran Dolores O’Riordan, que acaba de presentar al mundo, tras once años sin pasar por el estudio de grabación, su nuevo disco: Roses.

Gracias a Roses, mi amor por la música vuelve a ser casi enfermizo. Pero no por lo que personalmente me pueda sugerir este trabajo como seguidor de Dolores y los suyos, sino porque es admirable, objetiva y críticamente hablando, que aun siendo éste su trabajo más reciente, The Cranberries consigan mantener a lo largo de sus 11 canciones la misma esencia, salvando las distancias, que desprendía su Everybody else is doing it, so why can’t we?, álbum debut del grupo que se publicó hace casi veinte años.

O’Riordan y su banda siguen fieles a su estilo, sí, pero que esto no confunda a nadie. Que sigan manteniendo una actitud sensual y amable en sus canciones no significa que no hayan sabido demostrar a golpe de riff que han madurado a nivel musical y que pueden ser tan pacíficos como agresivos, algo que puede verse en el contraste que resulta de comparar la suave melodía de Conduct, composición que abre el disco, con la potente Show me the way, single escogido para presentar Roses a nivel mundial.

Además, adentrándonos en este tipo de comparaciones, cualquier admirador del grupo estará de acuerdo conmigo en que lo más destacable del recién publicado trabajo es que, a diferencia de otros artistas, los irlandeses han sabido hacer un disco nuevo sin ser distinto, un trabajo que no resulta repetitivo pero en el que se agradece que hayan retomado ritmos y bases similares a las de álbumes tan representativos de Dolores y sus chicos como Bury The Hatchet -¿quién no recuerda esos acordes iniciales de Animal instinct?- o To the faithful departed, uno de sus trabajos más eclécticos.

Dicho esto, hay que reconocer que Roses no será el disco definitivo de The Cranberries, y puede que tampoco el mejor de su carrera, pero no sería justo negar que está a la altura del resto de sus trabajos y que gustará a quien de verdad sigue a Dolores, Noel, Mike y Feargal. Es más, habiéndolo escuchado no pocas veces, me atrevería a decir que, si alguien no conoce al grupo, estas once canciones son una buena forma de saber qué hacen y cómo lo hacen estos veteranos del pop-rock melódico.

 

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