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La culpa y las heridas de la guerra en la obra de Lenz

Por Rubén J. Olivares

En 1947 los miembros de la antigua revista literaria Der Skorpion fundaban el autodenominado “Grupo del 47” en el que militaron autores como Günter Grass, Heinrich Böll e Ingeborg, grupo literario que pretendía renovar la cultura y la sociedad alemana tras el nazismo, a semejanza de la “Generación del 98” española. En este grupo literario militaba Lenz, autor de entre otros relatos, de “El barco faro”, recopilado junto a otros cuentos breves, en el libro bajo el mismo nombre publicado por la editorial Impedimenta, muestra de la maestría narrativa de Lenz.

Estos relatos constituyen una muestra de la capacidad expresiva de Lenz para la descripción de la naturaleza, los paisajes muertos y el retrato psicológico que nos permiten acercarnos a su obra. El conjunto de relatos está unido por el peso y las heridas abiertas que la Segunda Guerra Mundial dejaron en su autor, en los que las temáticas que dominan la narración se centran en las culpas del pasado, las heridas de la guerra que no pueden cerrarse y que marcan el presente de sus personajes, persiguiendo a los que sobrevivieron y señalándolos por los errores cometidos, pero también sobre el miedo a corroborar aquello que sabemos pero nos negamos a admitir, sobre el mal y el bien y las dificultades que entrañan para quienes tienen que tomar decisiones que afectan a más de una persona de distinguir entre ambos.

El relato que da título a este libro, “El barco faro”, es una metáfora de la fragilidad del poder de quien ocupa el mando, que nos advierte de su futilidad. El equilibrio de fuerzas que predominaba en el barco se ve roto por la irrupción de un grupo de hombres que sube a bordo del mismo, los cuáles pronto darán muestras de sus intenciones, chantajeando al capitán y socavando su autoridad ante la tripulación para lograr sus objetivos, generando un clima de tensión del que no nos libraremos hasta acabar el mismo. La maestría de Lenz a la hora de narrar este relato radica en su capacidad de generar un clima de tensión y misterio no sustentado en la violencia o la acción trepidante, sino en los diálogos que se establecen entre los personajes en los que la admiración y la flaqueza fluctúan del capitán del barco al jefe de los delincuentes. El barco faro permanece anclado en el Báltico y no puede navegar, una alegoría de la impotencia que el capitán del mismo siente ante la situación y entre la relación que mantiene con la tripulación, de la que se siente cautivo debido a su pasado. Con la irrupción de este grupo de delincuentes el capitán tendrá la oportunidad de resarcirse de los fantasmas del pasado y recuperar su honor, si es capaz de permanecer fiel a sus convicciones y no cede a las presiones de los delincuentes ni de la tripulación.

La aciaga violencia latente, la impotencia que experimentamos de mano del capitán –a quién ni su vástago respalda- y la férrea convicción del mismo a no hacer nada, a riesgo de repetir los errores del pasado, apuntalan un relato en el que no hay lugar para nada que no sea el peligro inmediato y la sensación de que algo malo nos espera al pasar a la siguiente página.

Lenz logra elaborar excelentes retratos psicológicos de sus personajes, situándolos en ambientaciones precisas con un uso austero de las palabras: sintético, no necesita emplear más palabras de las necesarias para transmitirnos su mensaje. Sus relatos son tensos, doblegados hacia el pasado y condensados, lo que los hace más grandiosos. Todos ellos nos lanzan la misma advertencia, como un faro en mitad de la niebla: hasta que la justicia no se ha restablecido, el pasado vuelve una y otra vez a condenarnos.

 

 

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