Novio Caballo, irreverencia pura con Jesús es negro.

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por Sandro Maciá

“Sudapollismo ilustrado” y lujuria desde Castellón

Tres tristes tigres comen trigo en un trigal. ¿Sois capaces de repetirlo? Pues algo así, es decir una repetición continua y amortiguada entre sílabas que se traban, es lo que empiezan a ser los carteles de los festivales de verano. Y mira que me duele escribirlo, porque yo, que ya sudo casi de la propia respiración, me he pateado no pocos recintos y he descubierto no menos bandas gracias a estos eventos que, tiempo atrás, solían ser cantera de futuras figuras del panorama… Pero, hijos míos, ¿será que ahora lo emergente no vende? ¿Estamos saturando el mercado festivalero?

Dudas a parte, que investiguen los que ponen la pasta, porque yo, que soy de encontrar la aguja en el pajar, me quedo con la parte buena de todo esto: con la gente que tiene narices para apostar por los talentos venideros y, cómo no, con los propios talentosos que saben dónde y cómo enganchar al personal con unos hits que, a veces, son más potentes que toda una discografía. O lo que es lo mismo, con casos que nos devuelven la alegría y nos demuestran que si hay que tirarse a la piscina, hay que hacerlo como Novio Caballo, a calzón quitado y con un eclecticismo salvaje y provocativo.

Sólo así, con las ideas tan claras como sus composiciones, es como estos jóvenes castellonenses han conseguido dar una vuelta a los carteles de festis como el FIB, Ebrovisión y Gigante –entre otros-, aportando su visión y misión particular a una lista de nombres que plagan cualquier line up de España y marcando una diferencia que les ha llevado a ser contratados con sólo dos canciones publicadas. Porque ellos, sabedores de lo que traman y aún sin disco bajo el brazo -saldrá a la venta dentro de unos meses-, han conseguido con un par de singles, además de “aportar su granito de arena a la noche, la fiesta y al revival del bacalao” -como reza su presentación-, resucitar la esencia que en su día hizo grande al Columpio Asesino y devolver a la música “el sudapollismo ilustrado y la lujuria” que caracterizó a McNamara en sus mejores tiempos.

Así, bajo la producción de Carlos Hernández (Los Planetas, Viva Suecia, Triángulo de Amor Bizarro, etc), Novio Caballo pone de manifiesto que “la ironía y la perversión son también Derechos Universales”, y lo hacen a base de letras irreverentes, ritmos cargados de punk y una desenfadada mala leche. Ingredientes, estos, que dan forma a Jesús es negro –primero de los temazos, imposible de olvidar, tanto por sus versos (Cada minuto escandalizado / es un minuto menos conectado / puedes creerte lo que quieras creer / no creo que puedas creerme sin querer / Jesús es negro, Jesús es negro / si te sientes idiota estás en lo cierto), como por el tono abierto del final de las frases y unas guitarras poderosas que, sin embargo, no roban protagonismo a las voces que estructuran la canción-, y a Mi arte, segundo hit, donde la fórmula se repite sin caer en la copia, con un inicio ya evocador -Dices que en la escuela no enseñaban a apreciar mi arte / Dices que en tu casa nunca hablabas de esto con tus padres / Tus amigos, tus amigas, no entendían qué es lo que te fascinaba- y un esquema compositivo que no permite el descanso, ya que la originalidad de las estrofas se refuerza con un estribillo ágil y frenético, como aquellas incursiones de Almodóvar en la música.

¿Ven como no hace falta galopar? Un buen trote es suficiente cuando se trata de revolucionar. ¡Arre, caballo!

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