Estudios de lo salvaje de Barbara Baynton.

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por Vanessa Díez

Mi abuelo construyó aquella casa con sus propias manos. Cuando llegó a aquella tierra no había nada. Desde cero creó lo que a día de hoy ha quedado, una vieja casa y unos árboles frutales. El mismo hacía los arreglos, plantaba, regaba, podaba y recolectaba. Además atendía otras casas de los extranjeros que empezaban a llegar a aquella zona costera para ganarse el sustento. Todo se podía reparar o ser útil para construir algo distinto, un par de los pequeños almacenes que la avioneta registró para el Catastro son de material reciclado y siguen en pie. Su talón de Aquiles fue la soledad. Exiliado por la separación con mi abuela quedó aislado en aquella tierra árida. Los hijos tomaron bando a favor de la madre durante mucho tiempo, sólo mi tía y mi madre se acercarían con el tiempo. Así fueron muchos los años en que tuvo que salir adelante haciendo frente al paso del tiempo. Acogió a gente que necesitaba un techo y por poco dinero consiguió adormecer alma y corazón, muchos de ellos le trampearían a un hombre mayor que vivía solo. Pero también tuvo amigos que aún recuerdan sus paellas, además de mujeres que en algún momento vivieron allí una temporada. Era un superviviente al que desde niño echaron al monte con un rebaño, él mismo se cobijaba y cazaba conejos, que después su padre se llevaba para el resto de la prole, sólo su tío le subía pan. Era un hombre hecho en el monte y crecido en la tierra, capaz de salir adelante en una tierra insondable donde con su esfuerzo tuvo un techo en aquel duro paraje. El relato de “Mano tullida” me lo ha recordado, pues fue pastor con una relación muy especial con los animales y con su último perro tenía un vínculo como muestra la autora, después de morir mi abuelo no tardó mucho el perro en acompañarle, llegó incluso a dejar de comer para ir a su lado.

Me he criado en el medio rural, volví a la tierra estos últimos años, viví en la casa de mi abuelo y tuve algunas comodidades más de las que él tuvo pero mis días transcurrieron según aquella forma de vivir, con menos, precaria y sencilla, a veces no necesitamos más. Barbara Baynton en “Estudios de lo salvaje” nos habla de este tipo de vida en los parajes australianos, la gente del campo siempre es distinta, deben endurecerse para salir adelante, ellas más todavía para que el medio no las destruya, ni sus maridos tampoco. Dejar ver los sentimientos será muchas veces considerado signo de debilidad, así serán fríos, ásperos y tercos.

“Estudios de lo salvaje” estuvo a punto de no publicarse, no ofrecía una visión edulcorada de los habitantes de la zona, al contrario, la autora es directa, utiliza la forma de hablar coloquial y no escatima en querer hacernos ver cómo eran aquellas tierras apartadas del mundo y los valientes que las habitaban. Ahí radica su belleza, quien conoce el campo sabrá apreciar el paralelismo. Nos muestra a hombres rudos, sin formación, que trabajan la tierra, pero no adornará su labor no, dejará ver el mal fondo de cada uno, si son holgazanes, gañanes, mujeriegos, si maltratan a sus mujeres o si son racistas. Y veremos que ellas deben arremangarse y hacer el trabajo que ellos no hacen, cantarles las cuarenta si se perdieron en la taberna o conseguir comida para los niños. Muchas de ellas llegan a estas tierras para empezar una nueva vida, a principios del siglo pasado no era extraño que una mujer emigrase para casarse, siendo observadoras de la crudeza del medio y con un marido nada comprensivo, que quizá hubiera preferido a la larga una mujer de la zona en vez de una mujer bonita, así tenemos a una mujer con su bebé abandonada a su suerte en “El instrumento elegido” y una mujer embarazada que recorre un largo trecho en medio de una tormenta en “La soñadora”. En “Una iglesia en la maleza” ya las vemos adaptadas tras un par de generaciones, mujeres que como mi bisabuela se atendían entre ellas los partos.

Barbara Baynton en sus relatos sitúa ya en 1902 a la mujer en los parajes australianos de las afueras, algo que no hacían sus contemporáneos, pues como ya sabemos la compañera aparecía en la acción del hombre para su reposo o placer, quizá para sanarle o darle de comer, pero no para ser parte de la acción, la mujer solía esperar al hombre en casa al cuidado del hogar y los hijos. En cambio la autora nos aporta una visión más real de a qué se dedicaban aquellas mujeres en aquel medio hostil. Además en muchas ocasiones estarán acompañadas de sus animales, la autora les da gran protagonismo, un par de perros serán junto a sus amos parte de la acción y a través de los animales comprenderemos la forma de vivir y a sus gentes.

En esta ocasión os recomiendo leer el Posfacio de Pilar Adón, la cual al haber traducido también la obra aporta detalles para situarnos en la época de la autora y hacernos comprender la diferencia de un texto que ya en su momento se salió de lo habitual y que a día de hoy lo considero vigente, pues esta forma de vivir se mantiene en muchos rincones del mundo.

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