Homónimo debut de Novio Caballo
Novio Caballo: ¡llegó el disco!.

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por Sandro Maciá

Novio Caballo parió. Y, de verdad, qué bien sienta tener razón. Ni una buena comida, ni un viajazo. Lo que relaja tanto como para poder creerse un prepotente y e insoportable sabelotodo por unos instantes es, ni más ni menos, que eso: sentirse dueño y señor de la razón. ¿Es por esto que hoy me encuentro más hinchado que un pavo de esos que rellenan en Navidad? Ajá. Porque yo, el aquí “escribidor” que ya auguró que los primeros singles de estos chicos eran sólo la patita de un equino cuerpo hecho para crear éxitos, puedo comerme el bozal que suelo usar para no dejarme llevar por la pasión exacerbada y gritar por fin que sí, que su homónimo disco de debut ofrece lo que debe sin reparos, sin cortapisas y, lo que más nos gusta, sin corte estilístico que valga.

Pero, claro, no vayamos a levantar suspicacias. Que lo de la ausencia de corte estilístico no se debe a que Nacho Galí, David Marco, Luis Martínez, Fede Trillo y Javi Gascón -equipazo de Novio Caballo al completo- vayan más perdidos que una miss o un míster en una biblioteca. Nada más lejos de la realidad. Pasar de cortes estilísticos, en el caso de estos castellonenses, responde a la virtud de no dejar que nada ni nadie limite su propio estilo, un modus operandi que, además de percibirse claramente en cada canción, cultivan con una furia y un énfasis que no decae en ningún momento.

¿Qué tampoco es excesivamente largo el tracklist? Vale. Pero el ritmo mantenido desde la inaugural “Mi arte” hasta la final “No chupar, No amor” es imparable, pudiendo sólo coger un poco de aire en Lento –que no prescinde de sus “subidones”-, un track que sucede a dos joyas como Mi arte –de originales estrofas y “McNamarianas” apariencias- y Jesús es negro – cuyo texto y tono, como ya dijimos, se complementa con unas guitarras poderosas que, sin embargo, no roban protagonismo a las voces que estructuran la canción-, y que antecede a un trío de perlas que brillan sin igual: Fiesta –ágil y divertida, en todos los sentidos-, Año vegano –con repunte y propulsión en cada estribillo- y 1985 –con interpretación serial incluida-.

Pasados los tres ases de esta lista de odas a las letras salvajes (que no simples) y los giros punkpoperos que rozan el cabreo ingenioso, no menos importantes resultan los temas que cierran esta casi media hora de arte donde reina el lema de que “la ironía y la perversión son también Derechos Universales”. Ni mucho menos, pues un sacrilegio sería no hacer caso al “espídico” arranque de No me calienta e Isla –manteniendo esta segunda una velocidad mayor y más constante que la primera- o al electrónico soplo que llega con No chupar, No amor, igual de irreverente -¡gracias!- en forma y contenido, pero menos violento en lo referido al resto de sonidos.

En definitiva, un discazo que, aunque ya venía avalado por la fama de un grupo que cuenta en su trayectoria con haber abierto el FIB en su vigesimoquinto aniversario, termina de ser casi perfecto gracias a la producción de Carlos Hernández –artífice de hits como Un buen día de Los Planetas o Febrero de La Habitación Roja -en Rockaway.

¿Ven? Sobra razón.

 

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