La edad del desconsuelo de Jane Smiley.

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por Vanessa Díez

A veces te embarcas en el silencio y no piensas en nadie más. Tan sólo tu dolor te acompaña, te duele. No miras a nadie pero te defiendes al sentir cada palabra a flor de piel. Aquello que otros te dicen tan sólo es parte del día a día pero lo sientes como arma y respondes ante los ataques. Los demás verán en ti el enfado, la furia y la rabia. Pensarán que no se pueden acercar a ti, ya que estás a la defensiva, no sabrán cómo acercarse y dejarán que te calmes.
En “La edad del desconsuelo” de Jane Smiley nos enfrentamos a una relación de pareja. Jane desgrana la vida de un dentista, cómo se relaciona con su mujer, con sus hijas, con sus pacientes y trabajadores. Él es más callado y huraño que ella, a ella se la escucha en consulta hablar alegremente con su ayudante, él es más correcto y metódico, no cuenta historias a sus pacientes. A través de los recuerdos de él viajamos a los tiempos de la universidad, así podremos saber cómo empezó todo. Nos cuenta cómo ella fue la que quiso abrir la consulta y cómo cambió sus vidas la primera niña. Al final fueron tres niñas y la más pequeña de dos años siente una predilección por papá y él debe acunarla horas y horas cuando ella está enferma.
Nuestro protagonista siente que su mujer se aleja de él. Le da la impresión que hay otra persona en la vida de ella. Las niñas, el negocio y él quizá ha sido demasiado. Cree ver indicios de su sospecha en cada gesto de ella. En cambio él es incapaz de hablar con ella y decirle como se siente. Así pasan los días, él cada vez más taciturno y ella más distante. Él no derriba su muro de sospechas y ella ha dejado de buscarle, ya es todo forzado, al final se dejan pasar momentos en la oscuridad y en la cama que no volverán. Las niñas lo engullen todo, tiempo y espacio, ellos ya no dedican tiempo a ellos como pareja, tan sólo superan crisis infantiles.
Él se deja engullir por el abismo de su cólera, es lo que muestra durante mucho tiempo. Así cuando llega el momento fatídico y ella desaparece él tan sólo está en calma, porque ya lo esperaba y había estado muchos meses en tensión pensando que su familia se resquebrajaría. ¿Qué mostramos a los demás de nuestro dolor? ¿Somos capaces de confesar nuestro sufrimiento? ¿Nuestros miedos son reales? ¿Y si demostramos que no lo fueron? ¿El tiempo desgastado en sufrir es menos valioso? ¿Valoramos que la vida nos de otra oportunidad?

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