Siempre es tiempo de cerezas de Mª Ángeles Ibernón.

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por Rubén Olivares

Los libros que acaban formando parte de la biblioteca de un lector nos hablan del carácter de esa persona. De alguna forma, al igual que somos lo que comemos, acabamos siendo lo que leemos, pues la lectura acaba haciéndonos vivir experiencias, emociones y sentimientos que acabamos asimilando como propios. Es imposible leer a Neruda y no sentir un escalofrío que nos recorre el cuerpo y que nos deja escapar un suspiro, deseando que alguien nos ame como lo hacen sus versos o no sumirse en un profundo sentimiento de tristeza y melancolía al caer en brazos de Maiacovski. Entre los diferentes tipos de lectores que podemos ser, el de poesía siempre ha tenido para mí un aura melancólica, porque acudimos a ella cuando necesitamos palabras que no encontramos para liberar sentimientos que nos atenazan, y las tomamos prestadas de la boca del poeta que antes que nosotros experimentó la misma emoción que le aprisionaba el pecho. La poesía es un desnudo al que el lector acude como un voyeur emocional, pero que se contempla y admira con el silencio y la devoción con la que se busca a dios.

Ejemplo de ello lo tenemos en el libro de Ibernón, Siempre es tiempo de cerezas, que es una muestra de la capacidad expresiva y la emotividad que se encierra en los versos de su autora. Este libro, aunque de alguna manera todos los que ha escrito hasta la fecha lo son, es quizás uno de los más personales de esta autora. Divido en cinco capítulos, es un compendio por las diferentes etapas que marcaron la vida de su autora hasta el momento en el que se publicó. En el primer capítulo nos adentramos en la infancia de su autora, la complicidad con su madre, el amor por la literatura que esta le inculcó y la tragedia que supuso para ella su pérdida. El segundo capítulo reúne los poemas que evocan el impacto que la enfermedad le provocó y los diálogos que mantuvo con su padre durante este periodo; en el tercer capítulo volveremos a ser partícipes del dolor que la pérdida de su hermana le generó, mientras que el cuarto capítulo es un emotivo recuerdo de todas aquellas personas que la acompañaron y que dejaron de estar con ella, siendo el quinto capítulo una conmovedora despedida de su padre. El libro está repleto de melancolía, tristeza por un tiempo que fue y ya no es, de evocaciones y recuerdos de aquellos a los que amó y se apearon de su vida, pero también de cierto sentimiento de alegría, de la esperanza que emana al evocar la niñez y el recuerdo de aquellas personas que nos vieron crecer y que nos ayudaron a moldearnos hasta alcanzar a ser quienes somos.

Ibernón escribe como se habla. Con un lenguaje sencillo, directo, sin excesivos artificios, entablando una conversación de tú a tú entre ella y el lector que tienen entre sus manos el libro. Los poemas de esta obra se leen entrelazados, se paladean entre los dedos con un gusto ácido al tiempo que dulce, mientras se devoran una a una cada una de las páginas que componen el libro, como un canasto de cerezas que se saborea recreándose en la textura de cada una de ellas. Pero la sencillez de su lenguaje no está reñida con la fuerza de su poesía, imágenes que nos evocan alegría, esperanza y pasión por la vida, al tiempo que no nos esconden el dolor y la tristeza que esta nos aguarda, porque en ocasiones, no es tiempo para cerezas, aunque siempre dejemos abierta la puerta para volver a deleitarnos con ellas.

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