Sin paraíso fuimos de Amelia Rosselli

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por Rubén Olivares

“…Para ser un gran poeta, hay que bajar al infierno y salir de él…”
Cristina Domenech
(Escritora y filósofa argentina)

Cuando desciendes al infierno, aunque sea emocionalmente, una vez que vuelves siempre traes algo de él contigo, que dormita en tu interior y te sigue consumiendo. La poesía es un acto de redención. A través de las palabras el poeta busca liberar los sentimientos que le atenazan y que, como un nudo en la garganta, amenazan con asfixiarle sino se les libera. La historia de la literatura está repleta de grandes poetas y poetisas que nos legaron emotivas obras y que, quizás por ese espíritu atormentado e incomprendido que anida en todo poeta, pusieron fin a sus vidas en un intento desesperado por acabar con el dolor que les atenazaba.

La vida de Amelia Rosselli es un caso paradigmático de esta tragedia. Desde sus primeros años, la vida no fue complaciente con ella. Su padre, un antifascista italiano, fue asesinado por orden de Mussolini en París en un atentado organizado por los servicios secretos cuando ella era una niña. Este hecho sin duda marcó a Amelia durante toda su vida. Las crisis nerviosas y la depresión fueron una constante a lo largo de su vida. Durante la adolescencia la vida la golpeó de nuevo: su madre murió a los 16 años, dejándola en brazos de su abuela como el único refugio al que acudir. La obsesión persecutoria que sufrió toda su vida la empujaron al suicidio a los sesenta y seis años, saltando desde el quinto piso de su casa romana.

Estos hechos marcaron la creación política de Amelia Rosselli, quien encontró en la poesía una vía de escape de una vida que se le presentaba demasiado lúgubre y desoladora. Sus composiciones no son fáciles de interpretar, algo de esperar de una mujer políglota que escribía sus obras en inglés, italiano o francés y cursó estudios de filosofía, literatura y matemática. Sus poemas son un grito desgarrado, una llamada de auxilio en plena noche que busca consuelo en un mundo sordo e indiferente al dolor ajeno. La obra de Amelia es una búsqueda constante de un sentido profundo de la existencia, porque, aunque no lo haya, necesitaba encontrar un sentido a su vida y a las tragedias personales que la marcaron.

Si algo caracteriza la obra de Amelia Rosselli, de cuya muestra podemos hacernos una idea adentrándonos en “Sin paraíso fuimos”, es la innovación de las palabras y la capacidad sugestiva de sus versos. La lógica de la sintaxis y la gramática del lenguaje son ignorados por Amelia, con la clara intención de primar la sonoridad y musicalidad de su poesía. Rosselli consigue trasladar a sus versos el terror y la obsesión de una amenaza continúa que percibe del exterior, que para el resto solo expresan lo ordinario de la cotidianeidad, pero también el amor. Un amor entendido como algo volátil, que otorga una felicidad que se evapora casi al instante tras el encuentro amoroso. Rosselli canta al amor huidizo que se promete y se niega, un amor obsesivo en el que el objeto de amor siempre está distante. Un amor que oscila entre la promesa de la felicidad y el dolor que provoca su ausencia.

Amelia Rosselli fue una de las voces femeninas más originales e innovadoras del siglo XX. Su verso es un campo de experimentación literario con el que los amantes de la poesía podemos disfrutar de su maestría y original capacidad poética. Es hora de revindicar a esta poetisa, de valorar en su justa medida la obra de Rosselli, de acercarnos a este “Sin paraíso fuimos”.

 

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