Homo machus, de Javirroyo.

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por Lara Vesga

Tendría unos trece o catorce años. Era una mañana de verano y había ido a acompañar a mi abuela a hacer los recados. Como el supermercado quedaba, y queda, alejado de la casa de mis abuelos, solíamos ir y volver en autobús. Como siempre, subía yo primero y mientras buscaba dos asientos libres mi abuela pagaba al conductor los dos billetes. Había pocos pasajeros y a mi abuela no le gustaba ir demasiado hacia atrás para no caerse con el impulso del autobús al arrancar, así que elegí dos de una fila de las de delante. Allí iba sentado un señor mayor, en uno de los asientos junto al pasillo. Al irme a sentar en los que había elegido, en el que estaba junto a la ventana, aprovechó para engancharme y tocarme el culo.

Yo iba vestida con camiseta y pantalón corto. Recuerdo el tacto de su mano como si fuera ayer. Recuerdo haberme girado sorprendida y asustada y haberle mirado sin dar crédito. Él ni se inmutó, solo se quedó mirándome fijamente. No fui capaz de decirle nada pero debí quedarme paralizada y con cara de susto porque cuando llegó mi abuela después de pagar me miró a mí, siguió mi mirada hacia el señor, volvió a mirarme y me preguntó si había pasado algo. Le dije que no. No se quedó muy convencida pero ahí quedó la cosa. En ese momento pensé que no quería que mi abuela montara un pollo al señor si le decía lo que había pasado. Ella nunca lo supo, ya nunca lo va a saber, y es la primera vez que lo cuento, aunque es un recuerdo que tengo grabado a fuego y que aún sigue haciéndome sentir mal. Y esta es la historia de Lara, mi historia.

Y como ese, Javier Royo Espallargas, alias Javirroyo (Zaragoza, 1972) ha recopilado otros catorce relatos similares en Homo machus, una novela gráfica que pretende reconocer y visibilizar el machismo como método para acabar con él. El diseñador gráfico e ilustrador ha querido sacar a la luz algunos casos que no han aparecido en los medios pero que igualmente son abusos. Supo de ellos tras una publicación en su cuenta de Instagram contando el proyecto que tenía entre manos de dibujar Homo machus.

¿El resultado? Más de 300 mensajes en 24 horas. Historias que eran contadas por primera vez, como la que he narrado al comenzar esta reseña. Estas vivencias son el eje vertebrador del libro, que aporta de forma muy interesante la visión de un hombre, su autor, sobre el papel del hombre ante el feminismo, con dibujos que remueven conciencias y que desprenden mucha verdad. Como la montaña cuyo pico representa el poder y cuya forma de llegar a él es una dura caminata de subida para las mujeres y un viaje en teleférico para los hombres. O pequeños machismos diarios, que abundan, como ese camarero que al pedirle, cuando van dos clientes hombre y mujer, una cerveza y un té, se da por hecho que la primera es para el hombre y la segunda bebida, para la mujer.

Bonito por fuera y por dentro, Homo machus es un libro que no debería faltar en nuestras bibliotecas porque nos recuerda que la lucha del feminismo es también cosa de los hombres y que es de vital importancia que ellos sepan empatizar con las mujeres para caminar no por delante ni por detrás de ellas sino a su lado.

 

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