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 La otra guerra de Leila Guerriero.

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por José Luis Romero León

Forma parte de ese imaginario que nos inventan de niños. La Dama de Hierro había enviado al ejército inglés a defender las islas Malvinas. A todo el ejército, me imaginé la primera vez que lo oí contar. Porque fue en 1982, y ahí, andaba por los cinco años. Aunque de gritar en plan Tejero “que se sienten todos ” si que me acuerdo.

Sigamos, Argentina, una dictadura militar bajo las órdenes de Leopoldo Fortunato Galtieri. Manifestaciones de protesta por el régimen dictatorial y los desaparecidos que en unos días se transforman en “Viva nuestra Marina”. Ya tenían una razón para unir al pueblo frente a un enemigo común. Las radios lo anuncian, unas horas antes el ejército argentino ha invadido las Falklands Islands, las islas Malvinas, territorio ocupado por Reino Unido que desde hace 149 años y que Argentina reclama como suyo, como un trozo de patria que no poseen.

Fue una guerra corta, en parte,porque nadie imaginaba que la airada reacción de los ingleses por defender esas islas en medio del Atlántico y tan lejanas. Murieron seiscientos cuarenta y nueve personas entre soldados y oficiales argentinos. El estado argentino nunca dio cifras oficiales, y un inglés, Geoffrey Cardozo, se encargó de enterrar los cuerpos que fue encontrando, en un cementerio en mitad de nadie. Y ahí empieza la otra guerra, la de los familiares por saber.

“Con esta camisa iba a bailar. Estas son las cartas que nos mandó desde las islas. Esta es la cadenita que le regaló la novia, el anillo de casado, el reloj, el carnet de la Armada, las fotos de la dentadura y del ataúd y de la fosa que están en el informe que nos entregaron los forenses.”

Esa otra guerra, la de un cementerio argentino en suelo inglés, esa es la que nos interesa. Tirar de orgullo nacional porque mientras los cuerpos de los soldados estén allí Argentina estará también presente en la isla; Tirar de juegos de palabras para no hablar de repatriación, porque claro, eso es suelo Argentino y no se puede repatriar si la consideran parte de su patria. Las lápidas sin nombres, cadáveres sin identificar, vuelos tan caros como viajar a Europa, un cementerio que no visita nadie, empresarios que arriman el hombro por mantenerlo, familias que no saben qué hacer, esfuerzos de la Cruz Roja. Todo esto, es otra batalla, por saber, por no querer olvidar.

“Yo supe cómo había muerto mi hermano veinticinco años después de la guerra. Yo pensé que ese cementerio estaba vacío. A mí me habían dicho que estaban en una fosa común. ¿Cómo nadie nos dijo nada del trabajo que había hecho Cardozo?”

Las otras guerras, las que pasan sin los focos, las que solo buscan reconciliarse, son las que merecen la pena recordar.

 

 

 

La otra guerra

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