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No oigo a los niños jugar de Mónica Rouanet. 

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por Lara Vesga

Alma tiene 17 años y sufre un fuerte shock postraumático después de sobrevivir a un accidente de coche. Incapaz de superarlo por sí misma, es ingresada en una clínica psiquiátrica ubicada en un antiguo edificio rehabilitado, donde convivirá con otros adolescentes con similares patologías. Pero también con unos niños a los que solo ella parece poder ver.

“No oigo a los niños jugar” se balancea entre dos dimensiones temporales para narrar la historia de los antiguos y los nuevos ocupantes del edificio. Ambos espacios temporales se sirven de Alma para convivir, y precisamente será ella la encargada de desentrañar oscuros secretos que llevan mucho tiempo encerrados entre las paredes de la enorme casona. O quizá no hay nada, y todo es fruto de su mente enferma.

La alicantina Mónica Rouanet, una de las autoras revelación del año del confinamiento, vuelve con una novela que hipnotiza y que absorbe desde el primer párrafo. La realidad y la fantasía, la exclusión social, los problemas mentales… Son temas que integran y vertebran un libro que pone el altavoz a situaciones tradicionalmente silenciadas, como son las adicciones, las obsesiones, la anorexia, las dependencias emocionales y el suicidio.

En esta obra las taras no son un tabú y cada personaje lidiará con las suyas propias: Luna es adicta a las drogas y a llamar la atención a toda costa. Mario piensa que le espían y le controlan todo el rato. Gabriela tiene problemas con la
alimentación y Ferrán solo piensa en el sexo. Pero juntos quizá puedan aparcar sus patologías para resolver el misterio de edificio que les ha unido a todos ellos.

No oigo a los niños jugar

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