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La educación física de Rosario Villajos. 

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por Vanessa Díez Tarí

La educación física de Rosario Villajos

La educación física de Rosario Villajos

Aquella primera vez acudí a ella. Fue como mi segunda madre. Algunas primeras veces vinieron de su mano y algunos miedos también. Fue una tarde en la que mi abuela y yo estábamos solas. Mamá llegaría más tarde. Así que acudí a mi abuela con las bragas manchadas y me llevó al baño. No hubieron instrucciones. Me entregó la compresa y ya. Me la puse del revés, pero ya sabía qué era. Una batalla ganada por mi madre para evitarme el trauma de sangrar y llorar asustada en una acequia como le pasó a ella. Hasta que un vecino la vio y le dijo ve a tu casa, eso es normal. Pero cómo iba a saberlo si su madre nunca se lo dijo ni sus dos hermanas mayores. Se callaba. Los trapos se lavaban de noche. Escondiéndose de hombres y niños que no debían saber.

Rosario Villajos nos trae una adolescente en «La educación física» que se enfrenta a los miedos y desconciertos de las primeras veces. A las niñas de los ochenta no siempre se les explicaban asuntos sobre su cuerpo y su sexualidad. La menstruación, las hormonas, las emociones y el sexo. Todo cubierto por vello y pus de acné. Gran combinación. Los padres preocupados más por un embarazo no deseado que de explicar a hijo e hija qué sucede con el propio cuerpo y el del otro u otra. La niña se encierra y el niño vuela libre. Así Catalina se revela. Se enfrenta a su madre y evita a su padre. Batalla madre e hija que toda adolescente pasará. Aunque llegado el momento se dará cuenta de que bastante tiene su madre con su vida frustrada, eso no evitará que siga con sus andanzas pero dejará de hacerla partícipe. Encontrará maneras de sentir antes de descubrir el placer. El dolor será su primera forma de demostrarse que está viva. Arrancarse la piel. Traspasar el límite. Hacer cosas prohibidas. Llegar cerca de la hora de queda.

Y aún así la vida la desconcierta. Convertirse en mujer es un arduo proceso. Aspecto de mujer, aunque todavía niña. De repente aparece pecho y cadera. Que acompañada de una melena morena rizada evoca feminidad. Aunque la niña se siga sintiendo niña y se esconda. Los hombres por la calle la miran. Lobos que devoran. Y tomar conciencia de ello lleva un tiempo y un camino. Todas hemos tenido algún suceso que de golpe nos baja a la carroña mundana. Pues como mujeres y culpables desde la manzana si eres Eva como pecadora provocas y si eres María serás castrada y nunca sentirás tu propio cuerpo. Lo que no sabemos es que vivimos entre ambas durante mucho tiempo castigándonos a nosotras mismas por la lujuria de otros.

Rosario Villajos me ha demostrado en «La educación física» que no hace falta decir donde para saber de qué estamos hablando. En los noventa fue un eco que arrasó cada casa. Siendo del Mediterráneo me encerró en una urna en mi zona rural. Sin pisar caminos no sea que alguien te lleve. Pero llegó a cada rincón del territorio. Una chica joven sola no debía subir al coche de un extraño. Catalina rompe las reglas. De fondo la música de Twin Peaks y la imagen del cuerpo de Laura Palmer en la bolsa. Quizá las adolescentes de la época disociamos aquel miedo con un gusto por series de investigación criminal. Bones, Caso abierto, Crossing Jordan, C. S. I… Si ella en la pantalla está muerta, quizá tú sigues viva.

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