Astola y Ratón presentan Rock de palo

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por Sandro Maciá

Libertad guitarrera

Hay caprichos del destino que uno no puede evitar. Ni aunque quiera. Independientemente de si entramos en aquello de que todo está escrito y de que nuestro paso por la vida tiene marcado un inicio y un final, hay determinados hitos que uno está condenado a vivir, ya sea por las circunstancias que lo envuelven, por los giros kármicos o por la propia actitud que rige su danza en esta pista sobre la que bailamos hasta que llega el traspiés final y nos mudamos de barrio.

Pero, venga, que no es que vaya a venir yo a descubrir esto ahora a golpe de trackpad mientras se me pone el cuerpo golfo de pensar que el verano está a la vuelta de la esquina. Ni de coña. Esto es algo que lleva años cociéndose en el subconsciente colectivo y que, si hoy me ronda entre mis secos sesos, no tiene mayores culpables que dos mitades ejemplares en esto de la conjunción de los destinos: Astola y Ratón, cofundadores respectivamente de Fondo Flamenco y Los Delinqüentes, un dúo libremente guitarrero y aflamencado que vuelve a alegrarnos los días con un tercer disco nacido de la cristalización de toda esta palabrería, o lo que es lo mismo, de la materialización de un inexorable encuentro que ambos llevaban marcado en su recorrido artístico y personal antes, incluso, de saberlo.

¿Será casualidad que lo hayan titulado Rock de palo (El Volcán, 2020)? ¡Ja! Escuchen y cuéntenme, porque si de raza les parece el nombre, no menos identidad rezuman sus cortes, que se presentan desde la iniciática “Buscaremos las pelas” hasta la sentenciosa “Me cago en mis muertos”, como un contínuo  cante a la coherencia de lo natural, al arte de la composición basada en la esencia de lo que transmite, ya de por sí, la combinación de bajos, cajones, guitarras flamencas, palmas y voz.

Con esta fórmula como regla naturalmente impuesta a partir de la dictadura de la inspiración, descubrir lo que acontece en “Rock de palo”, aunque sea la tercera parada de un viaje ya iniciado por Astola y Ratón –con algún que otro compañero, como Chukky, Miguel Campello o Antónimo-, es casi necesario en estos tiempos de vaivenes emocionales durante los que nunca está de más empezar a hacer una buena autocrítica –como bien empieza la animada “No hay miedo”-, a reconocer que los placeres terrenales no son siempre condenables –sutilezas varias lo corroboran en “Green Morning”-, a amar lo que nunca podemos dejar de sentir como nuestro –preciosa “La rama y la oliva”, créanme-, a convivir con la resiliencia bien llevada –atentos al paso de Miguel Campello por este campo de temas con pedigrí- o a ser conscientes de que no todo va a ser perfecto y de que lo bueno es, además de aceptarlo, tener ganas de gritarlo con arte (y armónica), como ocurre en los versos de Siglo XXI: “Siglo XXI, prometías el futuro y mírate”.

By the way, como se dice ahora, de palo o de lo que quieran, así pueden presentar estos dos genuinos a su tercer vástago, un conjunto de desenfadados temas que, con independencia del gusto por un estilo que no suele ser de la cuerda de muchos de los presentes, puede ser calificado como “de pata negra”.

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