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La gratitudes de Delphine De Vigan. 

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por José Luís Romero G.

Pasé unos amargos momentos al comenzar esta dulce novela.

Hay síntomas de senectud que avisan independientemente de la edad. Un día sales de un centro comercial, por la misma u otra puerta de la habitual, y durante un instante tu orientación queda sin conexión. Tu “google”, tus mapas,… se han esfumado. ¿Derecha, izquierda, de frente, retroceder,…?. Subes una vez y otra en el ascensor y al bajarte necesitas mirar a un lado y otro buscando en el largo pasillo la vivienda que ocupas desde hace años. Achacas estas dudas a la existencia de dos ascensores, a un lado y otro del corredor,… y te consuelas pensando que no ocurre todos los días. Aún.

Me asombró la destreza de la joven – lo es y, a mi edad, todas las que tienen menor edad que yo me lo parecen- Delphine de Vigan al plasmar los problemas de lenguaje la anciana Michka. Nuestros órganos fonadores parecen actuar de forma independiente a nuestro cerebro. Pensamos en casa y pronunciamos camino. Queremos decir paraguas y nos sale coche. Todo porque para ir a la vivienda tenemos que recorrer un determinado trayecto o vamos a tener que protegernos de la lluvia por desear huir del tráfico,… pero no nos pasa siempre. Por ahora.

Te falta tiempo para hacer lo que has tenido décadas para realizar.

Marie ayuda a Michka desde hace tiempo. Decadas antes fue al revés. No olvidemos el título de la novela y “Las gratitudes” suelen ser mutuas y recíprocas. Jérôme lo hace desde su ingreso en la residencia, resistencia, resignación, desinsecta, designación, … como se diga o tus cuerdas vocales quieran pronunciar. Es el logoalgo de allí.

Los viejos tenemos miedo. Porque “envejecer es aprender a perder” y, a eso y a otras muchas cosas, nunca nos acostumbraron. Miedo a perder la oportunidad de expresar nuestros agradecimientos, nuestras gratitudes, a quienes nos ayudaron. O a los que perduran con sus genes. Michka a una familia que la ocultaron en su niñez por ser judía,… El parvulito (siempre estuve en escuelas, sentado en pupitres o en mesa de profesor o de director) que fue este lector a su vecina Aurora- o a su hijo Roberto o nietos desconocidos- enfermera del sanatorio/ dispensario antituberculoso que le salvó la vida. Y no lo ha conseguido. Aún.

Nadie nos avisa que se nos escapa el tiempo para manifestarlas. Pero hoy las expreso a Delphine de Vigan, a Anagrama y letrasenvena por los amargos ratos pasados con esta dulce novela.

“Un placer”. “Gracias por todo”. “Ha sido genial”.

Las gratitudes

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